lunes, 27 de julio de 2015

La percepción sutil

La percepción sutil. Silencio, o una voz susurrada, casi en la evanescencia. Y a la vez un grito.
No sólo un grito: un grito no es sutil, no es la percepción sutil -por la que me estoy cuestionando.
En el fondo me estoy cuestionando por el estilo, por la cuestión del estilo (como cuando se habla de un estilo literario); percepción, expresión y estilo van de la mano.
La cuestión es qué me gusta percibir, cómo. Cuándo y cómo estoy como confiado en mi percepción (y, como vio ya Berkeley, ser y percepción se identifican).
Me ha venido a la mente la respuesta, la imagen.
No gusto especialmente, o en lo propio, del grito, como quizás tampoco es mi propiedad diferenciada el silencio en sí. La (o mi) percepción sutil es cuando aparecen al unísono silencio y grito, juntos y diferenciados; finalmente llevados a la síntesis.
La síntesis es la presencia de la imagen de la piedra como unidad y a la vez de sus venas, sus fibras, sus grietas.
Estamos ante una coincidentia oppositorum (unión de contrarios), así como ante una polaridad en la correspondencia. La combinación es la regla del juego, como en las «correspondencias» baudelairianas o en lo estelar mallarmeano. Es la pluralidad de estrellas desplegadas en la unidad de la noche, en correspondencia. Es la antítesis del culto solar, si lo entendemos en estos términos.
El sol es autosuficiente, poderoso, se nos presenta como unidad luminosa autónoma. El sol se puede identificar fácilmente con el dios-padre. Es el poder, pero no es lo sutil, mi sutil. No es mi propiedad. Es el grito aislado, es el silencio enclaustrado, mas no esa percepción sutil a la que puedo llamar ahora libertad. Pasajera y efímera, como la percepción, como lo sutil: así puede ser, y sólo entonces, la libertad. Libertad de gobierno, libertad de la polaridad: oscilación, potencia de elegir; pero elegir en la unidad de contrarios, recordemos.
No es el poder del sol, del objeto (unitario). Es la noche del poeta Mallarmé, con sus estrellas desplegadas en el paño de la noche, o la disposición resultante de los dados de Heráclito (el del «polemos») lanzados sobre la mesa. Es la regla, definida por Nietzsche como eterno retorno: es el juego, es la transgresión. No el grito, no el silencio, sino su coincidencia, la coincidencia de esa percepción, esa percepción sutil, que me (nos) eleva. Es la nueva salud (en la coincidencia de salud y enfermedad). Es la resistencia, la transgresión (al fin). Y, con ello, la aceptación, la resignación.
La percepción es sutil como un humo de cigarrillo que se eleva y desaparece. Esa sutileza es una cuestión de humor. Grito y risa, risa como grito. Como de la correspondencia del grito y del silencio se trata de este silencio combinado con la carcajada: la síntesis es la risa silenciosa; yo la solía llamar -cuando pensaba más en estos temas- risa cerebral. Y es que -podemos pensar- por el cerebro corren los circuitos, las grietas, como por la piedra preciosa sus venas.

jueves, 9 de julio de 2015

Indigencia


La vida da vueltas.

¿Correr? ¿Caminar? Para luchar contra los problemas respiratorios un buen médico como el mío parece ser -aunque ahora está muy ocupado atendiendo las responsabilidades de diversos centros hospitalarios de la ciudad, pues ha obtenido ese difícil cargo, en los tiempos que corren para la sanidad pública- me recomienda caminar, caminar mucho, y caminar rápido.

Realizar actividad motriz tan humana como caminar también ayuda a no engordar. Si engordamos y tenemos problemas respiratorios no pasa mucho tiempo hasta que no podemos subir una pequeña cuesta, alcanzar la cercana calle. Y con ello, obviamente, aumentan nuestros problemas de peso y respiración, con lo que entramos ipso facto en un estado enfermo y con la muerte a la vuelta de la esquina.

Es obvio. Sobretodo, esto último que he comentado es obvio si tenemos ya cierta edad, esa edad en la que vemos como seres queridos o individuos del vecindario van cayendo muchas veces así, como de repente. De repente: muchas veces no podemos controlar los giros que toma la vida, pero considero acertado tomar entonces los mínimos riesgos posibles, ante lo que podríamos hacer la excepción de los riesgos que sea interesante aceptar, aquellos que vayan con la propia cosmovisión del sujeto en cuestión, ya seamos tú o yo. Debemos enfrentarnos al destino pero, a la vez, como en una coincidentia oppositorum (unión de contrarios), aceptarlo y sumergirnos en él y sus viajes y peripecias, en sus balbuceos y quiebras también. Nos enfrentamos al destino cayendo en él, como Oscar Wilde dice que no hay mejor manera de evitar una tentación que cayendo en ella. Estamos apañados.

Debo pues dar mis paseos diarios porque, de otra manera, como iba diciendo, me iba. No es que no me vaya a ir de esta manera, pero quizás sea entonces pasado mañana y no esta noche.

La vida da muchas vueltas, y en esos paseos veo gente pobre. También se pueden ver por Internet, en la T.V. Muy rara vez esos pobres son voluntarios, y siempre pasan penurias, más en las estaciones inclementes, más en el ruido ajeno de la gran urbe.

Me refiero a esos pobres que difícilmente tienen voz. Aunque pueden gritar su dolor, el dolor quebrado de un mundo hostil que les envuelve. Y cuando digo «envuelve» quizás no soy suficientemente preciso, porque me refiero a un interior, no a un envoltorio exterior: el mundo hostil les penetra hasta la más íntima de sus células, hasta la más profunda conexión de sus circuitos cerebrales; les dirige el tempo de la respiración, les varía y reduce ese tempo, como el de los latidos de su corazón, en trance ajeno y desbocado.

Muchos de ellos no «se lo han buscado». En todo caso, todos ellos son tan personas como tú y como yo. Pero tú y yo no estamos en su lugar, a no ser que estés recogiendo este escrito de un cubo de basura en el que hayas buscado un trozo de bocadillo semienvuelto en papel de plata. La única plata que ves, si no es también la que veas en el brillo de todos esos portales de edificios en los que no puedes entrar por las noches; la plata que seguramente estás acostumbrado a ver a través de la iluminación de todas esas ventanas ajenas, en la noche; la plata que son todos esos lugares en los que no puedes, legalmente, habitar, pues has sido condenado, aunque una supuesta constitución del país diga que esa condena no es legal ni legítima, que no, que tú tienes derecho a «un techo». Tú, indigente: la plata del duro asfalto, la plata de las bocinas y motores que vomitan en tus oídos necesitados de descanso hasta la extenuación, hasta que caigas rendido en cualquiera de esos lugares que cuidadosamente seleccionas de entre las cada vez más limitadas posibilidades que te deja la urbe, antes de que unos policías te anuncien que no, que ahí no, o que a un grupo de soldaditos les dé por rociar con gasolina el cajero automático contigo dentro; cajero en el que aún no está vedado que pases ahí la noche, perturbando la imagen de esa pareja que saca unos buenos euros nocturnos, ante una cámara de vigilancia por cuyo micrófono incorporado se te exigirá que desalojes tal propiedad privada seguramente al poco de haber conciliado el sueño. A pesar de que consigas algún lugar dónde pasarte agua por el cuerpo perturbarás, a buen seguro, nuestra imagen. Lo sé.

Lo sé.

No perturbas mi imagen, o al menos lo intento. Lucho. Lucho con mi interior. Lucho con el fascismo mediático que se pretende introducir desde cualquier lugar, en cualquier lugar de mi cuerpo, en todo lugar de mi cuerpo y cerebro. Yo también estoy maltrecho. No, no como tú, no seamos ridículos. Lucho. Lucho por reconocerte, y hasta que no te pueda ver no seré persona.

Pero sigo siendo yo, como tú, que me lees. Tan hipócrita como yo, ése eres tú. Y tan denigrado, aunque hagamos tabla rasa de esa denigración.

Yo sigo con mis paseos, tu sigues con tus pinturas, mi vecino sigue con su fútbol, el otro anteayer agredió a su mujer.

Paseamos o luchamos, pero en la denigración. Lucho por verte, indigente, pero lejos. En realidad nunca te reconoceré, y con ello, como conclusión estrictamente lógica, nunca alcanzaré a ser yo. Y, la verdad, pienso que no sólo yo, pienso que nadie alcanzará a ser él mismo. Todo es vanidad, vanidad en la denigración; vanidad por carencia, no por plenitud. Nadie quiere la indigencia pero todos lo somos aunque, con tu fría y vacía mirada, lo niegues ciegamente.





INDIGENCE (translation to english)


Indigence

Life turns.

To run? To walk? To fight against breathing problems a good doctor as mine seems to be - though now is very busy on the responsibilities of various hospitals in town, as he has obtained this difficult position, in these times for the Public Healing- recommended me walk, walk a lot, and walk fast.

Make such a human motor activity as walking also helps prevent weight gain. If we get fat and have respiratory problems not long until we can not walk up a small hill, to reach the nearest street. And with that, obviously, our weight and breathing problems increase, so we ipso facto get in a diseased state and with death around the corner.

It's obvious. Above all, this last thing I said is obvious if we already have a certain age, that age when we see loved ones or individuals in the neighborhood are falling many times like this, like suddenly. Suddenly: often we can not control the twists that take life, but I think successful take then the least possible risks, before we could do except risks interesting accept those going to the very worldview of the subject in question, whether it be you or me. We must face the fate but at the same time, as in a coincidentia oppositorum (union of opposites), accept it and dive into him and his travels and adventures, in their infancy and bankruptcies too. We face the fate falling into it, as Oscar Wilde said that there is no better way to prevent temptation than falling into it. We are breaded.

I  must take my daily walks because otherwise, as I was saying, I would fade away. Not that I will not fade this way, but then perhaps it will be the day after tomorrow, not tonight.

Life takes many turns, and in those walks I see poor people. They can also be viewed through Internet, at the T.V. Very rarely these poor people are volunteers, and always pass hardships, more in inclement seasons, more in the foreigner noise of the big city.

I mean those poor people that hardly have a voice. Although they can scream their pain, the pain of a broken hostile world that wraps them. And when I say "wraps" maybe I'm not sufficiently precise, because I mean an inner, not an outer wrapper: the hostile world penetrates them closer to their cells, closer to the deeper connection to their brain circuits; it governs their tempo of breathing, varies and reduces them the tempo, as much as the beating of their hearts, in foreign and pounding trance.

Many of them do not 'have sought it'. In any case, they are as people as you and me. But you and I are not in their place, unless you're collecting this writing from garbage, when you've looked at a piece of half-enveloped sandwich in silver paper. The only silver you see, if not also the one that you see in the brightness of all those portals of buildings that you can not go at night; the silver you're probably used to seeing through all those windows lighting outside at night; silver are all those places where you can not legally live, for you have been convicted, though a supposed constitution of the country says that the sentence is neither legal nor legitimate, no, you are entitled to "shelter" . You, indigent: the hard asphalt silver, silver horns and engines belching in your ears needed of rest until exhaustion, until you fall rendered in any of those places that you carefully select from among the increasingly limited possibilities the city leaves for you, before some police officers announce you that no, not there, or that a group of little soldiers decide to spray with gasoline the ATM, with you inside there; ATM in which it is still not forbidden to spend the night there, disturbing the image of the couple who takes a good night euros, before a surveillance camera built-in microphone which you are required to dispossess such private property surely as soon as you have reconciled the dream. Although you get somewhere to put some water in your body, you will disturb, surely, our image. I know.

I know.

Do not disturb my image, or at least I try. I fight. I fight with my heart. Struggle with fascism media to be introduced from anywhere, to anywhere in my body, every part of my body and brain. I am also battered. No, not like you, do not be ridiculous. I fight. I struggle to recognize you, and until I can not see you I will not be a person.

But I'm still me, like you, who read me. So hypocritical as I am, that's you. And so reviled, though we make a clean sweep of this denigration.

I continue with my walks, you continue with your paintings, my neighbor continues with his soccer, the other one the day before yesterday attacked his wife.

Walk or fight, but in denigration. I struggle to see you, indigent, but far away. I really won”t ever recognize you, and so, as strictly logical conclusion, I”ll never reach to be me. And, to say the truth, I think that not only me, I think anyone will reach to be himself. All is vanity, vanity in denigration; vanity in lack, not in fullness. Nobody wants indigence but we all are though, with your cold, blank stare, blindly deny.