domingo, 15 de marzo de 2015
Dos vías
Hay dos vías. Para algunos el arte de la palabra y el pensamiento son ligazón y atadura, domesticación y quieta mordaza; para los otros son disolución y fuga, vida salvaje y nomadismo. Los primeros pueden dominar la Tierra o ser esclavos; los otros pueden dominar el cosmos y pueden también arder en el infierno, aunque sea una temporada. Estos dos senderos son vías provisionales y de circunstancias (como un parche en la ropa) en la inmensidad multidireccional del desierto. Son espejismos; o, más bien, efectos ópticos, que pueden funcionar, gobernar; y lo hacen.
lunes, 2 de marzo de 2015
Unos conocidos
John el artista se encontró con John el hombre normal. Paralelamente, e inversamente, en la acera de enfrente Joseph el hombre normal se encontró con Joseph el artista.
Cuando John 1 se encontró con John 2 trató de salvar la distancia que sentía, como era habitual, y esto lo notó John 2, que le pidió dos euros para una cerveza aunque le dijo que eran para coger el autobús, para ir a cuidar a su enferma madre. Sabía que John 1 no le creería pero confiaba en lo que sucedió: que John 1 decidiría rápidamente que debía ser caritativo, pues no todos podían correr su suerte, y le entregó el dinero, aunque un poco incómodo consigo mismo, con la vida, pues había algo que no le parecía coherente, lógico (aquí solía llegar a menudo). También John 2 solía llegar a menudo al lugar al que llegó, a meterse con premura el dinero en el bolsillo y para no desviar la mirada ya hasta la próxima ocasión, le preguntó a John 1 por su última obra o por sus padres (que habían fallecido hacía ya tiempo), no se pudo escuchar bien.
Cuando Joseph 1 se encontró con Joseph 2, siguió a éste hasta la sala de exposiciones. Fue entonces cuando éste último le dijo a Joseph 1 que quizás mejor sería que se diera una ducha antes de entrar. Y le ofreció su propia casa, que estaba relativamente cercana. Joseph 1 dijo recordar alguna cita urgente y se ausentaría hasta la próxima.
Todos estos personajes, y algunos dormidos ya, habitaban en el cerebro de John Joseph quién, de madrugada, un poco hastiado de la gente y de sí mismo, se dispuso a atar estas palabras al ataúd de madera en el que pasadas unas horas se introduciría para descansar de nada.
La caricia
El respeto es la caricia del alma, la impresión de la transmisión. No es una imposición, es un gesto. No es un acto, es una potencia, empleando la terminología de Aristóteles. Y en su ser potencia, es el único acto de transmisión posible. En su ser ausencia, la única realidad efectiva. En su ser distancia, la única cercanía posible.
En su ser silencioso, es el único grito profundo.
No, no hay robo. Para vampirizar la vida no debe haber vampiro. El vampiro debe negarse en su acto para alcanzar el alimento, la vida soñada, la ilusión. Alcanza la ilusión, el efecto óptico, no la materia bruta impuesta y supuesto objeto de su robo. ¿Cómo querría robar lo que para él es ajeno, extraño, inapropiado? Pues él sólo alcanza las esferas de lo irreal. Lo cartografía. Y en esos planetas que danzan se dan los únicos pasos por realizarse, en la Galaxia Utopía, entre los escombros de la vieja materia, ya transmutada: los astros han centrifugado. El caos gobierna ya, tú lo acaricias entonces enfocando tu cámara vacía y haciéndole la única foto posible, con el respeto que lo acaricia.
Pensamientos sobre la droga, 4
No siento ningún agrado por la cruzada anti-tabaco, que hace que tenga que salir del desayuno del bar en el que pago el desayuno para fumar a 2 grados centígrados (me parecería mas ecológica una cruzada contra los tubos de escape de coches, chimeneas de fábricas); como tampoco estoy de acuerdo con la ideología del paternalismo de Estado impuesto en Occidente, y que lleva a cabo una cruzada contra las drogas desde inicios del siglo pasado (con epicentro en los Estados Unidos: Food and drugs act de 1906, Harrison narcotic act de 1914). Lo que pienso al respecto es que un padre (si lo hay) debe tratar que su hijo pueda construirse un pensamiento propio, una ética personal (autonomía) y no (lo que es muy diferente) inyectar tabúes, crear monstruos ridículos y patéticos que sólo generan estupidez y conflictos siguiendo la lógica del chivo expiatorio.
Para un joven (y para un adulto también) no produce las mismas crisis psicológicas consumir droga en un entorno socialmente equilibrado (equilibradamente controlado, sostenido, y con una droga de calidad y no los productos adulterados estrepitosamente en el mercado negro, que tantas muertes generan), y en un entorno-sistema en cierta medida aceptado, digamos admitido: pues no vive la vida igual (ni proyecta su presente y su futuro igual) un adolescente dentro de la legalidad que un adolescente en el cual se fomenta su sociofobia y su incertidumbre o crisis psíquico-ética (y probablemente moral) mediante la inyección en su persona de un sentimiento de incriminación, un sentimiento de ser un delincuente o estar fuera de la ley. No es una edad para perder el tiempo jugando a «policías y ladrones»: perder el tiempo con obstáculos prácticamente insalvables y perder la lucidez mental. Otra bonita manera de anular a brillantes cerebros, de aniquilar vidas en nuestro bravo «mundo libre».
Y no es que recomiende el consumo; personalmente, en estos años, en este mundo, lo evito (las circustancias también cuentan para el yo, como he tratado de exponer en estas líneas). Y también puede llegar, quizás, el momento en que las drogas no son ya deseadas, por ser consideradas superfluas, como apunté en un pensamiento anterior.
Prospecciones ópticas, 2. Focalización
Focalizar lo extraño, adentrarse en lo desconocido, los exóticos atrayentes bosques que te llaman. Tú mismo eres el bosque. Unos pasos en el bosque, los senderos en la tierra poblada por las minúsculas criaturas: criaturas que son tú mismo en el distante espejo, los cristales de lo infinitesimal: las transformaciones puras en danza, los circuitos cerebrales en trans-redes a través del microscopio, generando el cosmos, el caos. Tú mismo eres el caos. Tus redes lanzadas oscilan en órbita, inmersión en el caos: la distancia máxima, también la mínima. En los cristales del tiempo: tú eres el cristal que se disuelve.
Nota sociopolítica
Las emisiones de los noticiarios afectan la conducta social. En qué medida y de qué modo puede y creo que debe considerarlo cada uno.
Tomemos un ejemplo paradigmático, de características que se repiten frecuentemente. Hoy en las noticias (al menos en las españolas) han emitido una noticia con la filmación por una cámara de la totalidad del tránsito de un niño por una especie de caminito-puente (alto y estrecho, peligroso) sobre una autopista o carretera. No han emitido un momento, sino la totalidad del “paseo” del niño. Creo que a unos cuantos niños, en su ingenuidad y atrevimiento, el visionado de esta noticia les dará el impulso reactivo de hacer “hazañas” similares. Que esto les sucederá a “unos cuantos” me parece obvio. ¿Cuántos de esos niños morirán o quedarán heridos en sus hazañas? Los realizadores de la emisión televisiva, al filmarla en su integridad (¡es necesario?) posibilitan estas futuras situaciones; es también obvio. Por lo tanto su conciencia responsable, pues no hay motivo para dudar de su capacidad intelectual media, es más que probable que exista. Y todo, seguramente, por transmitir un espectáculo. No descarto en absoluto que estos realizadores busquen (como parte integrante de un aparato de transmisión ideológica como es la TV, en especial los noticiarios; y hablamos de la TV pública, la TVE) generar en el espectador analista una sensación de perplejidad, miedo, odio y/o resignación. Resignación porque ¿qué hacer ante esto sin que a uno le encierren con la excusa de diagnóstico de enfermedad mental o simplemente reciba una visita non grata, como a tantos cerebros lúcidos anteriormente les ha sucedido, silenciándose como un soplo esta realidad política, en un mundo “libre”?
Define amor
Diría, refiriéndome a la pregunta por el amor, que el amor es construcción. Auto-construcción, referida al auto-gozo, y construcción relacional, referida al gozo dado por la relación, tanto si ésta se crea con una persona como si es creada al vivir cualquier prisma del propio hábitat, medio; día tras día, la experiencia íntima del amor (siempre bajo mi punto de vista) es construcción y vuelta a construir; el amor, entonces, puede ser definido como el medio que lo posibilita. Porque no todo, no todo medio (la circunstancia en el momento) puede hacer posible la experiencia del amor. Hay caminos de la realidad que denigran, senderos que te sitúan en una experiencia denigrada, fuera de las posibilidades, fuera del mar de las posibilidades, de la construcción danzante, la arquitectura (molecular y fuera de la gravedad) del amor. Hay algunas malas energías en la vida… guerras, también microfascismo o (lo que entiendas como) estupidez, o la violencia o el control/manipulación, u otras “cosas malas” pueden denigrar y limitar la propia experiencia de la persona humana, introduciéndose en tu propia forma de vivir, tu propia manera de realizarte y compartir; el amor es para mí, entonces, definido como esta germinal, constructiva experiencia de expresión, la expresión de la realización (realización íntima y realización relacional): es entonces tiempo del regalo, tiempo de gozo, que puede ser expresado tanto con una risa como con un propio silencio en calma. Hay múltiples, diferentes expresiones propias de la experiencia del amor. Relacionalmente, la construcción del amor implica respeto, junto a la comprensión del otro (conociendo al otro cada vez mejor, y aceptándolo), y también implica voluntad y energía para compartir, desarrolladas bajo el prisma de la ilusión, la fascinación y la admiración crecientes: compartir es entonces, como lo veo, el material light (en la doble acepción de "luminoso” y de “ligero”) de la construcción del amor: compartir es visión abierta. Este puede ser un comienzo, una base de lo que nuclearmente pienso sobre el amor.
El tiempo
Estímulos. Líneas de la inflación. Como las ramblas por las que pasean los soles. Crecen los limbos. Descienden por el sinuoso camino blanco, estrecho, sin ser visibles, diferentes formas del enigma, diferentes flores ausentes, como las que se pueden encontrar en los tránsitos paralelos. Encuadres. Filos. Campos de exterminio. Tópicos. Visita programada a Auschwitz, sólo a diez céntimos el gramo. La máscara blanca, del verdugo, el soldado. Firme. Consolación, entre tanto. Agujas. Las agujas del mecanismo. Las agujas del tiempo. Arenas, arrecifes. Esfinges expuestas, en el sol, en la rambla. Cardenales transitan. La estupefacción les ve pasar, entonces. Los ojos, el ojo se deshace como los relojes de las atormentadas horas. Las olas se deshacen, en la arena. La deshacen, quedan configurados nuevos territorios, nuevos dramas. Una lira, la mano sobre ella como una garra. Finos dedos la hacen sonar, mostrando al inconcluso, al rey de reyes. No hay que detenerse. ¿Para qué detenerse? Ésa es la cuestión, junto a otras muchas.
Fotografía de una escultura en metal de Otoniel Vasconcelos.
TIME (English version)
Stimulations. Lines of the inflation. As the boulevards by strolling the suns. Grow limbs. Down the winding white, narrow path, without being visible, different shapes of the enigma, different absent flowers, as those which can be found in the parallel transits. Frames. Phylums. Extermination camps. Topics. Scheduled visit to Auschwitz, only ten cents a gram. The white mask, the executioner, the soldier. Firm. Consolation meantime. Needles. The needles of the mechanism. The needles of time. Sands, reefs. Sphinxes exposed, in the sun, on the boulevard. Cardinals transit. The stupefaction see them pass, then. The eyes, the eye breaks up as the clocks of the tortured hours. The waves break up, in the sand. They break it up, new territories are configured, new dramas. A lyre, a hand over it like a claw. Slender fingers make it sound, showing the unfinished, the king of kings. Do not stop. Why stop? That is the question, along with many others.
Prospecciones ópticas, 1. Virajes
Pesco peces en el río con red irisada. Yo cazo: vengo a cazar, cámara en mano, fotografías y videos. Cámara fija en el caos de la percepción, el dulce y afilado transgredir las formas. El cambio, el viaje: el viraje. Astucias de la captura repetitiva, persistente ojo, radar, imán hacia el metal de lo que se transforma: la forja de un rebelde, la forja de un instante. Difracción de lo hostil, anamorfosis de lo vírico, del enemigo: la cámara traspasa, trasciende: enciende… entiende. ¡Bienvenidos, bienvenidos al festín de lo infinitesimal! Deja atrás el alfabeto de ese tipo caduco que te acompaña y vuela: siempre estas invitado, siempre esta permitido; vuela en la irisación de la piedra del momento. Más allá, en el puntillismo de los pliegues: esas líneas que trenzan los raíles, que rasgan la tela del oleaje, dibujando al sabio, también al experto ante la pantalla de datos; germinando los circuitos cerebrales y esa espera en un surco invisible en tu sien intachable, inviolable; la espera que culmina en un nuevo viraje, aquél en la que se halla contemplada en el inmenso azul de un ojo utópico, ausente, en la tierra de la distancia impenetrable y conocida, amiga.
El don (Al César lo que es del César)
Rosa me dice que a veces se siente como si sólo estuviera para quitar las manchas difíciles de una camisa, de cualquier camisa. Que solo para hacer una comida un día concreto. Me lo dice ya hace tiempo, por tanto no es un peregrinaje frívolo, te explico, lector, pues eso yo ya lo sé. Ve un límite, y es que Rosa lo ha dado todo. La escucho como puedo escuchar a Nabokov. Hace tiempo que la escucho porque hay todo un arte atrayente en ella. No digo en nada que le pertenezca, como un saber, una práctica en la que destaque; pero a la vez digo que la escucho en algo que sí la pertenece, y ese algo no es un algo, pues ese algo que la pertenece no es otra cosa que ella misma. Querido lector, Rosa se pertenece. A través de todas las veces que se ha entregado, a través de todas las soledades que siempre ha pasado para volver siempre puntual a la cita, a esa cita que sólo ella comprende, de un modo irracional pero la comprende, es su querida amiga: su cita con el don. Su cita con el regalo. Rosa regala. Es por eso que yo la escucho siempre tan atento. Aunque mi oído se ha ejercitado en el arte de no escuchar su torrente de palabras. Aunque tenga que hacer una ligera finta, yo también acudo a mi cita. La cita con la escucha. Que si hubiera Dios habría sido la tarea que me hubiera impuesto, el castigo por mi egoísmo. Acudir a la cita con la escucha, alimentarme de la escucha. Como de aquello que no soy capaz, de ahí la broma divina, o diabólica. Sólo me puede atraer mi antípoda. Yo, que escarbo en todos los campos del egoísmo, sólo alcanzo la capacidad de la audición con una voz, me alimento de una voz, de un aliento. Y es el aliento de una persona que tiene un don superior a cualquier otra expresión, que es por lo que ahora escribo, el don del don. El don de la entrega intuitiva. La capacidad de abrir los brazos, no como un Cristo en la cruz, sino para hablar el lenguaje y respirar igual que esta flor que puedo ver, puedo tocar, pero no puedo ser. Ella puede.
Y ella me dice sentirse poca cosa por no haber sido poeta, o filosofo, o… Pero una lágrima cruza lentamente mi corazón, yo la miro de reojo, esa lágrima; y también a ella, pues lo dice con la única motivación de estar mas cerca de mí, también eso me quiere dar, como ves. Pero yo la alcanzo del modo como ha permitido la divina broma, la diabólica broma, la alcanzo cada vez que estalla en su don, y ese don es lo mas grande, y no cuatro líneas mal puestas. O al menos así lo creo, y hacia ahí gusta de mirar mi ojo egoísta, que a duras penas llega a la cita que le alimenta, la de su antípoda.
Ensayo de dietética
Caminar. Caminar, caminar, ponerme a caminar. Si es necesario, caminar más. Si no hace buen día, levantarme, ponerme a caminar. Que no te engañen, no sólo caminan el viajero, el turista o el indigente. Caminar en tu ciudad, aunque no sea la tuya, aunque seas un exiliado. Mejor me lo pones, mejor aún: menos motivos para detenerse, y encarar de frente, como ley, el caminar. La fuerza del paseo, no sólo para los jubilados, que también. No para detenerse junto al bebedor, al llegar a la primera esquina, allí donde dicen tratarte como en tu casa; quizás allí te encuentres así. Pero caminar.
Caminar con la mirada, con la vista. Abarcar el horizonte por transitar. Abrir las fauces del desierto, ser tú el desierto. Como el camello pero sin cargas, vacío, con el ojo vacío que contempla y navega; con el ojo vacío que se llena del azul: es así que se llena del azul de la vela al viento y del efecto óptico de ese oasis; se llena el ojo. También el ojo es un oasis, un efecto óptico, pues es causa y efecto, causa y consecuencia, medio y germen del caminar que, ligero, sin cargas, observa y transmuta lo observado, lo encuadrado, lo enfocado, hasta la distorsión del brillo aéreo, estelar. Así empieza el caminar.
"Tú, que vas tan rápido en tu coche", le diría a ése, si no fuese yo aquél entre la prudencia y la cobardía (quizás el perezoso ante la discusión, el perezoso sibarita de los vientos); "tú, estas gordo y ansioso. ¡Camina, no paras de comer!" Y añadiría con sarcasmo: "¡Y te haces llamar gastrónomo, palurdo!" Aliméntate también de la astronomía, de los astros, orbita como ellos. Orbitar: es la búsqueda molecular del equilibrio, la consigna. Ligero, en órbita, en el trapecio, en la cuerda floja del instante que pasa y se aleja. Así pues, caminar.
Como los niños en el juego de la peste alta, caminar sin tocar el suelo, para no ser cazado por el adversario. Caminar sin tocar el suelo, reglas sabias. El intruso tóxico quiere hacerte descender: evitarlo, evitar para levitar. Como un lama, sí, en el yoga occidental del paseo cuando, como en el poema de Kafka, sobran no sólo espuelas y riendas, sobran “el cuello y la cabeza del caballo” también. Pierde peso, no ya por afán de atraer, sino por deseo de pasear. Te verás mejor, con tu ojo, te verás mejor y dice el oráculo que en todo los astros te acompañarán, te ayudarán: a traspasar, a viajar. Sin fronteras, más allá de tu ciudad circular, ya en el extrarradio de lo desconocido, donde germina el ojo, hasta la detención de su expansión en el éxtasis y estasis de un sueño reparador.
Inmunoética, 5. Sobre la función del yo
"Ni hay un concepto más sagrado para mí que el de la unidad, el concepto de que la totalidad del mundo es una unidad divina y de que todo el sufrimiento, todo el mal reside en que los individuos ya no nos consideramos una parte indivisible del Todo y concedamos excesiva importancia al Yo." (Hermann Hesse, En el balneario)
Esta es, como se ve, una idea panteísta. Conlleva la idea de una fusión sujeto-objeto, en la que los limites de ambos devienen en buena medida indiscernibles. Habla de “conceder excesiva importancia al Yo”, como mal: ciertamente es así porque la persona se encuentra, se realiza en una entrega del yo, en una fusíón se puede decir que divina. Aquí Hesse habla de que la totalidad del mundo es una unidad divina. En este sentido también se puede considerar la unión con Dios del místico cristiano como una esfera, como una totalidad. Así, hablan las religiones, principalmente las orientales, de la necesidad de la disolución del ego (se sigue viendo la superación místico-teológica de la dualidad sujeto-objeto). Pero cuando hablamos de una defensa del individuo ante los tóxicos (que puede expresarse -si se entiende con flexibilidad- como una defensa del yo frente al mundo) no es una lucha por sí, por la enemistad, sino como medio para conseguir una vivencia en la que se pueda vivir el amor, la armonía, la conciliación, la gracia cristiana; con el aspecto de entrega del yo se da una función muy definida y activa al yo. El yo es un generador, o trata de influir en la generación -generación de una vivencia adecuada para el individuo, según una periódica evaluación que filtra la vivencia, que tiene por función permitir el contacto del individuo como paciente de la vivencia con lo que considere apropiado y no con lo que considere nocivo, y tratar de ir posibilitando situaciones en las que se de la propia elección, que la persona pueda elegir la tendencia que debe tomar su presente vivido, ¿para qué?: para alcanzar la satisfacción, puede ser la respuesta; o, como se dice, “por su propio bien”. Podemos decir quizás que el filtrado óptimo en una sucesión temporal indefinida conllevaría el estado de beatitud durante tal secuencia temporal. De alguien que lleva a cabo ya automáticamente, por asi decirlo, de modo espontáneo o instantáneo el filtrado óptimo es de quien dirían los budistas que ha alcanzado el estado de Buda. Y es que en el budismo también se trata de una lucha contra el tóxico; el objeto de la sabiduría budista es la eliminación del dolor por vía de la supresión de la sed (trshna), la supresión del deseo. Un exceso de ego puede no ser apropiado (es de lo que se lamenta Hesse: “concedamos excesiva importancia al Yo”), pero parece que existe, debe existir una función del ego, el ego como vector inmunológico, función de defensa ante lo dañino, lo considerado malo. ¿Qué es lo malo? Tratemos de definirlo: es lo que denigra la vida, lo que castra o mata (como cuando Jean Genet dice que una bandera castra o mata); lo que consideramos tóxico o dañino, lo que nos reduce: también podemos decir quizás que es lo que nos provoca pesadez, gravedad, contra la ligereza necesaria para perseverar en ser ligeros, para perseverar en que el yo siga ejerciendo su función de elector de tendencia del presente o, dicho de otro modo, de vector inmunológico - perseverando así en la vida libre (pues elige: como hemos descrito, el yo es elector de tendencia), negando la esclavitud, el subyugamiento; pues quien está subyugado no puede practicar una ética -en el sentido que toda ética es ética propia: y aquí hablamos de la praxis de una ética, hablamos de llevar a cabo una ética (o una conducta) que busque la inmunidad -y es así que inmunidad y libertad se identifican, se corresponden.
Inmunoética, 4. La fortaleza de lo ligero
¡Aire! Sentir una brisa. Convertirse en esa brisa, y trasladarse. Y repetir la operación: la operación se repite. ¡Ligereza!
Sin cargas. No cargar: he ahí la salud, el grato don.
Igual que el aire se contamina por el humo de los coches, de las fábricas, nosotros, como brisa, como individuos ligeros debemos ir siempre prevenidos, previniéndonos ante los tóxicos pesados, que nos pueden hacer caer, que nos pueden hacer graves. La ligereza debe ser defendida, pues hay tóxicos, hay pesos, que pueden hacer de ella un cuerpo grave, pesado, en caída. He ahí pues que debemos crear una fortaleza, un sistema de defensa preventivo ante las intrusiones tóxicas. Porque no somos siempre ligeros, no somos necesariamente ligeros, ni necesariamente pesados: oscilamos entre ambos estados. Debemos evitar al enemigo, al intruso, que se carga sobre nuestras espaldas y nos precipita en la grava del asfalto, en lo grave. Debemos transmutar el metal en oro, o mejor en aire: lo evanescente, la disolución…
El término no debe prestarnos a confusión: la fortaleza no debe ser pesada, grave ni estática como un castillo cerrado en sí. De aire deben estar constituidos esos mecanismos defensivos, pues aire es lo que entonces hemos llegado a ser: se trata de no oscilar hacia el polo de la gravedad, se trata de mantenerse en lo propio en lo que nos identificamos, como ante un espejo vacío con un ojo vacío, o más que vacíos -pues si hay aire, si hay brisa, no hay vacío- invisibles. Señales surgen de lo invisible: señales que son las de lo dinámico a la vez que las de la repetición, lo perseverante -el retorno: como aire debemos perseverar en nuestro estado, o dicho de otro modo, el aire debe reinstituirse a cada momento, a cada presente que pasa: a la vez, dura. Y esa duración, ese lapso temporal deberá reiniciarse, y también durará un tiempo; y así hasta caer en lo grave, en hacernos pesados. Pues no podemos ser siempre ligeros, como el aire se evapora, se transforma en nubes que precipitarán sobre el asfalto para volver a evaporarse. Pero después de la tempestad volverá la calma, con una nueva ligereza -la de la nueva evaporación- regenerativa.
Inmunoética, 3. ¿Es la inmunoética una filosofía de la naturaleza?
Tratemos de calibrar en qué medida será natural, concernirá a la naturaleza nuestra práctica ética. ¿Se trata con la ética inmunológica de una filosofía de la naturaleza? El cultivo de la contemplación, si no la dedicación absoluta a la vida contemplativa, ciertamente ocupa un lugar fundamental en el tratamiento de los tóxicos a los que deberemos enfrentarnos.
El mundo actual, altamente tecnificado, fácilmente subyuga al individuo, le somete a unas cadenas harto pesadas. En un dialogo anexo a una conferencia, ambos publicados como Serenidad, Heidegger trata la cuestión del modo de habitar el mundo de la técnica, tratando de no ser su esclavo. Paralelamente, su contemporáneo y seguramente amigo Jünger estudia en su obra la cuestión de cómo vivir al margen de las instituciones: en ambos casos encontramos pues la pregunta, la búsqueda de una ética. Y en ambos casos se confronta la libertad individual -la posibilidad de elección es condición sine qua non de la ética; esto es, no ha lugar a la construcción de una ética en el esclavismo, en la sumisión- con un agente de altas posibilidades -alto riesgo- tóxico; en un caso, la técnica, en el otro las instituciones sociopolíticas -y si nos aproximamos podremos ver ambos agentes en sus correspondencias, entrelazamientos, amalgamas. Serenidad y pensar meditativo es la respuesta heideggeriana ante el vértigo del rodillo técnico que sólo fomenta el cálculo, el pensamiento calculador. Tal es el lugar en el que, de modo afín a esta propuesta, puede tener sentido una apuesta por lo contemplativo, asociado al pensar meditativo que Heidegger se lanza a defender; el lugar en que la teoría de la contemplación podría encontrar su actualización, su actualidad, quizás con modo de urgencia. Este giro ya encontró expresión en la ética de los surrealistas, como en su pintura. La visión debe devenir interior, y en su obra Victoria Cirlot relaciona el pensamiento surrealista con los visionarios medievales -en especial Hildegarda von Bingen, a la que ha dedicado una monografía; el tema también lo trata en La visión abierta. Del mito del Grial al surrealismo. De los sentidos interiores o, mejor, espirituales hablaría en el siglo XIII un místico franciscano como San Buenaventura, oponiéndolos a los sentidos corporales, trascendiéndolos. ¿Tienen las mismas motivaciones un místico contemplativo medieval que un artista surrealista de la metrópolis moderna? Quizás hay un salto, pero quizás también hay una continuidad, un continuum en sus éticas respectivas. Y la ética debe cimentarse con el objetivo de habitar favorablemente el medio circundante, de plantar la semilla en los terrenos fértiles y no, en vano, en la esterilidad: plantar cara al enemigo tóxico que esteriliza, que destruye y niega. Si la ética es el sustantivo el verbo es germinar. Y la posibilidad de que crezca la planta depende de la benevolencia de su hábitat, y nosotros somos como plantas que debemos hacernos habitable nuestro medio cuando éste no lo es de por sí, lo que implica la defensa ante el tóxico. Los tóxicos de los que hemos hablado refiriéndonos a Heidegger y Jünger no son naturales, son en toda medida producto de nuestra civilización. Estos autores han hecho de sintomatólogos, han diagnosticado un intruso vírico en sus vidas y en las vidas de sus contemporáneos. ¿Es la serenidad heideggeriana natural? Aquí hay una lucha y cuando dos bandos se oponen han de luchar en el mismo campo de batalla: en tal caso no se trata de la naturaleza, pues lo que tiene que repeler es artificial -repitamos que el tóxico viene de la construcción social que es nuestra civilización, levantada y sustentada día tras día sobre cimientos ideológicos, sobre relaciones de poder. Quizás podamos hablar, como lo hacía W.Benjamin a principios del siglo XX, de una segunda naturaleza. Una filosofía de la naturaleza y una filosofía de la cultura deben encabalgarse, solaparse, emitirse correspondencias. Ya hace tiempo que se habla de pensamiento ecológico: no solo como acorde a la ecología como tratamiento respetuoso con el medio ambiente y su enfoque a nivel político. Entiendo como pensamiento ecológico aquel que ayude al hombre a perseverar en lo propio en sí (idea de la ética spinozista), en su íntima propiedad, a habitarla y construirla; entiendo la necesidad de un pensamiento ecológico en lo ético, más que en lo político, y si no todos debemos dedicarnos a la política, sí que pienso que sería conveniente que todos aprendiéramos la necesidad de forjarnos una ética. Si a estas alturas de la lectura no se encuentran motivos de interés, dignos de consideración, mejor puede dejarlo estar.
La inmunología forma parte de la psicobiología (es psico-neuro-inmunología) y es ésta, asociada a la toxicología (también biológica, bioquímica), la ciencia que utilizamos para forjar la ética por la que estamos apostando. En tal contexto estudiaremos la teoría de las adicciones: trataremos de vislumbrar, y a poder ser hasta cartografiar, el emplazamiento que recibirá una lógica de la adicción dentro de los límites de esta ética. Tenemos pues dos ciencias naturales y un objeto de estudio que si en buena medida se refiere a lo natural (la adicción desde una perspectiva neurobiológica) también puede tratarse desde aspectos altamente ideológicos, entramados esclavizantes altamente tecnificados. En tal sentido no creo que sea desafortunado decir que nos moveríamos en el plano de lo artificial, según la oposición natural-artificial que estamos utilizando y que, a falta de otra mejor y tratándola delicadamente, me parece de cierta utilidad en la línea que tratamos de avanzar. Se puede decir, quizás, que con la díada natural-artificial tenemos dos caras de una moneda, dos esferas de un complejo o mejor dos polos de un mecanismo oscilador, pues vertiginosamente nos hallamos ora en uno ora en el otro polo, hasta llegar a la confusión: tenemos un pensamiento de la naturaleza y un pensamiento de la cultura metamorfoseándose el uno en el otro en frenética y distorsionada danza molecular.
Inmunoética, 2. Defender no es cerrarse
Una de las primeras indicaciones a la que tenemos que atender a la hora de pensar una inmunoética , una ética inmunológica (una defensa frente al tóxico) es la que nos avisará sobre la inconveniencia de cerrarnos en banda. Una inmunología no debe forjarse sobre el cerrado más o menos total sobre uno mismo. Tendríamos con ello una serpiente devorándose a sí misma, hasta la autodestrucción, un poco como Luzhin, el protagonista de la novela ajedrecística de Nabokov que, creando su propia defensa -La defensa Luzhin- termina dándose “jaque mate a sí mismo”. El tóxico sería la ética personal que trataría de evitar el tóxico externo, haciendo nacer la enfermedad desde dentro, plegada sobre sí, cuyo pliegue llegaría a velar hasta la asfixia al individuo. La inmunología es una cuestión de espíritu o, dicho de otro modo, de respiración. En el absoluto cierre se enferma, se llega a perecer: la inmunología ha fracasado en su quehacer. Ese individuo necesita aberturas, conexiones: la inmunología es una cuestión de habitabilidad en un medio. El individuo, si tiene una nariz, es para aprovechar lo necesario, el aire del medio. Dado este símil elemental, no será el único. El individuo debe tender un numero de puentes determinado que le hagan simbiotizar con el medio. Pero debemos tener en cuenta en qué lugares, en qué ocasiones o de qué maneras el medio puede y debe considerarse hostil, convirtiéndose en tal caso en tóxico. Y es que con esto partimos de una percepción definida, el hecho que en ciertas ocasiones el medio se identifica con la hostilidad, con lo tóxico. Es entonces que el individuo deberá llevar a cabo una praxis de defensa, inmunológica. También deberá tratar de perseverar en una praxis en la que se encuentre en armonía con el medio, sin transmisiones infecciosas: la permanencia perseverante en ese hábitat afín también será cuestión de la praxis inmunológica. Es entonces que la defensa (como anulación, negatividad: anulación de un ataque, de una agresión) encuentra su positividad, su aspecto o vertiente positiva -es cuando hay que construir, regar, sembrar; en definitiva, y en otras palabras, amar, actuar con amor. La vertiente constructiva de la inmunología actúa con amor, como la destructiva despliega las artes defensivas necesarias y oportunas. El ego no ama, el ego sólo se retuerce sobre sí como esa serpiente que se mordía la cola; es por ello que desde tiempos inmemoriales en todas las religiones, en todas las místicas, el amor se vincula a la necesidad de una disolución del ego, que posibilita la entrega, la expresión amorosa (que será el abrazo con el amado (Dios) de los místicos contemplativos cristianos, como el amor sufí o el ingreso en el nirvana del que alcanza el estado de Buda); facilita las conexiones, los puentes, los jardines que regar y cuidar para poder y querer habitar: la relación con el hábitat-medio que debemos cuidar como a nosotros mismos en nuestra defensa, en defensa propia. (Porque, si no queremos habitar el medio -vivir-, por supuesto ya no será tan necesaria una inmunología como una soga). A ello deberá atender nuestra ética inmunológica, como el sistema inmune se interrelaciona con el sistema nervioso y el sistema endocrino en nuestro organismo. Las transmisiones o acciones del sistema inmune deben ser extremadamente rápidas o sumamente lentas, para trascender el ego: dicho en otros términos, tratamos de una ética de lo inconsciente, tratamos de entramados, flujos, conexiones -todos ellos producciones en el inconsciente: tenemos que nuestra inmunología se tendrá que defender del virus del ego, de la consciencia. Exterminar, cortocircuitar sus flujos. Es de la consigna de exterminio que habla William Burroughs cuando habla del lenguaje, del pensamiento racional, como virus a exterminar. El personaje conceptual del Exterminador, como ya comentaba en el apunte Pensamientos sobre la droga, 3, es nuclear en la ética inmunológica. Este cortocircuito también es mencionado por Gilles Deleuze cuando habla de la necesidad de crear vacuolas de incomunicación, en un medio en que la información puede llegar a identificarse con la denigración (la información como denigración es apuntada por Deleuze en sus estudios sobre el cine, cuando habla de la obra de Syberberg).
Inmunoética, 1. Definición
Pensamos en la inmunoética (o ética inmunológica) como -siguiendo la metáfora del organismo que mediante el sistema inmunitario se defiende de las intrusiones toxicas externas e internas- el proceder ético de defendernos de lo que para cada uno es o puede ser nocivo, en vistas a una vida lo más gozosa, o fructífera, o realizada posible.
Introduje la noción de inmunoética en el artículo Pensamientos sobre la droga, 3.
Pensamientos sobre el anarquismo, 2
Antes el sinsentido que un Dios dador de sentido. La posibilidad que me parece más plausible es que el hombre inventó a Dios, mucho tiempo atrás, como componente facilitador de la explicación en su pretensión de comprender el mundo. Esta opción considerada está -como es sabido- en el pensamiento de Ludwig Feuerbach. Lo atrayente en la idea de Dios -su marketing- está en la tendencia humana a necesitar una autoridad. El dispositivo del cristianismo describe esta autoridad como autoridad paterna (Dios=padre). La supuesta autoridad de Dios complementa a la autoridad del padre. La madurez -es mi credo- conlleva la disolución, exterminio de toda autoridad. Es la independencia, emancipación, autonomía y soberanía. Pero el hombre puede (como digo tiene tendencia a ello) tomar la vía de la servidumbre, elegir la sumisión -es quizás una pretensión para algunos bajo la motivación de la pretensión de dotar de sentido a la vida. Muerto el dios, muerta también la autoridad paterna, algunos pondrán en su lugar al Estado, a la patria, al nacionalismo (pensamiento de Bakunin en Dios y el Estado). Junto a ellos -actuales éstos o no en su autoridad-, muchos darán autoridad ilimitada, absoluta al dinero -pondrán su fe, encontraran su sentido, en el afán de dinero. Y con el dinero adquieren un poder, última máscara de la autoridad, pero este poder -contemplémoslo- no deja de ser, entonces, sino el poder de un sometido, de un esclavo -un simulacro.
Pensamientos sobre el anarquismo, 1 (12 de septiembre de 2014)
Semanas atrás estuve buscando diccionarios interesantes en la biblioteca y uno de los que encontré fue un Diccionario anarquista de emergencia. Convergentemente ayer fue la Diada de Catalunya (11 de septiembre), lo que me hizo salir a disgusto de casa -cuando alguien me hizo caer en la cuenta del día que era- porque ya me veía que iba a ser un “día político”; podrían haber confrontaciones, cuando menos verbales, nervios, etc.; tampoco los patriotismos me gustan. “Ni patria ni bandera”, y hay quien compuso un pareado con patriota, que no vamos a reproducir aquí. En todo caso, yo que vivo en Mataró y soy nacido en Catalunya soy objeto de la polémica que entorno al independentismo catalán se viene generando: las balas me pueden alcanzar; y es que si hay balas yo estoy entre dos fuegos, porque si no me interesa ser gobernado por PP o PSOE, tampoco querría ser gobernado por CiU, ERC o quien “moviese el cotarro”. En todo caso, he comprobado que no me interesa la sujeción a estado alguno; ya hace tiempo que pienso eso, desde los tiempos en que me empecé a hacer partícipe del Imagine de John Lennon -media vida (toda la de adulto, en la medida que lo sea, seguro). Como la realidad que veo es tal sujeción, como no me creo con poder de intervención transformadora de la política de naciones (no veo que se plantee un referéndum mundial sobre quiero-estados-sí-o- no; tampoco me interesa la acción violenta, soy pacifista y cobarde, si se quiere), me veo limitado, transportado a la esfera de lo utópico y del surrealismo (como focalización refractaria de esta realidad a la que doy, como en el título del libro de George Grosz, un “no mayor”). Si a esta negación de la autoridad de la realidad generada por la política de los estados se le llama anarquismo creo que no me equivocaría si me definiese como anarquista, lo que haría de ser legal definirse así, pero como no estoy seguro de la legislación sobre la libertad de expresión en Occidente, en este caso Catalunya y España, y como cosas peores no hay que ir muy lejos para verlas, voy a ser prudente o cobarde, y no me voy a definir con ese término. Pero la cuestión es otra, pues si de lo que se trata con anarquismo es de algún grupo político identificado yo no me identifico con él pues, como dice Groucho Marx “no entraría a formar parte de un club en el que se me aceptase”. Bromas a parte, mi anarquismo, como he dejado entrever, no es colectivo, puede que muchas individualidades lo compartan conmigo, pero esa suma de partes jamás dará un todo objetivable: la utopía no es objetivable, la cohesión es cosa de lo real. He visto con placer en el diccionario que soy un ácrata (también si es legal; salirme de la ley por estas cuestiones quizás insignificantes me parecería embarazoso, lo que no valdría la pena -entiéndeme, por favor, lector: y es que ante lo embarazoso suele alzarse la cobardía o la comodidad). “El mayor desprecio es la indiferencia”, dicen. Yo no pondría bombas como aquellos anarquistas famosos que fueron denominados terroristas. Volvemos a que soy pacifista: por qué derramar sangre de una vida que vale igual que la tuya -vale igual que la tuya- por una causa; si te ves lanzado a suprimir una vida por algo que piensas piensa antes si no es cobarde, si lo valiente no es más suprimir primero la propia, que vale lo mismo que la otra, y, de ser varias, menos; esto que estoy diciendo creo que es legal, aunque no mucha gente lo escucha, aunque Bob Dylan pensase que los tiempos estaban cambiando. En todo caso, no cambian a la velocidad ni, quizás, del modo que el joven lo pensaba. Soy individualista en política, como quizás soy unos cuantos en ética; al modo del anarca creado por Ernst Junger en Eumeswill, o incluso cercano al banquero de Pessoa (El banquero anarquista). Empieza a ser usual la expresión de ser apolítico, que puede ser más suave históricamente que la de ser anarquista. En todo caso son afines.
Aire (contra la psicología conductista)
El ser humano es un poco como el tiempo, que la meteorología solamente puede predecir por aproximación, lo que en ocasiones da lugar a grandes (y deseables) fiascos predictivos (si no no habría aire que respirar).
Señora Miseria (julio de 2014)
Soy un loco que utiliza la moderación. Deleuze habla en algún lugar, moderadamente, de la necesidad de “una pizca de esquizofrenia”. Yo invertiría los términos, para hablar de la necesidad de una pizca de moderación. Y hablaríamos de la moderación como simulacro (de moderación), como de someterse a lo real como simulacro de realidad, inmersos entonces en un gesto manierista propio de la locura. Ser loco sobriamente, seriamente incluso. Yo la realidad la utilizo, como materia, como ingrediente para el cocido de la verdadera realidad, para diferenciarla de lo real, que es lo que se llamó surrealidad, y que en estas líneas he identificado con la locura. La ciencia no puede optar por la locura, por la surrealidad, la ciencia lleva el peso de estar atada a -identificada con- lo real. ¡Y así no va a ninguna parte! Traiciona su potencialidad. Se aleja de lo grande. Hace una apuesta que no merece tal nombre. Esta subordinada a la realidad, que es la de lo político; tal es la política de la ciencia, tal es su impotencia. Por mucho que parezca estar avanzando, por mucho que mi discurso parezca insensato… ¡Es febrilmente sensato! Sobriamente loco, y tiernamente también. Cuando la ciencia es del hombre, humana, más impotente aún. Ciertamente encuentra el objeto que debe encontrar, el hombre, hasta ahí bien. Y es ahí que viene el naufragio, la impotencia más grande. ¿Hablar entonces de progreso? ¡Jua, jua! ¿Hablar de grandeza, de logros, de seriedad, de método científico avanzando cual apisonadora? Un hábito risible ese que se pretende colgar entonces. ¡Jua! La ciencia sólo me sirve, y lo hace, en mi terreno, fuera -¡fuera!- de su realidad, científica realidad. ¿Qué es esa realidad sino una inútil sombra, mas inútil que una sombra? En el fondo es política. Y su discurso es el de los politicastros. Así mejor huir, pero robándola. Robando las trenzas de sus desarrollos para mi mundo, erigiendo un simulacro de esa ciencia de sombras, insertando esas sombras en un bello teatro de sombras. ¡Ahí sí! Me río de cuando me reía de las paraciencias: al menos son graciosas, y con ello creativas. Es de la ciencia de la que me río y de sus instituciones serias, y de la más seria, con la que maquillan atrozmente la vida, de la llamada realidad. ¡Locura, abrázame! ¡Ayúdame a crearme en vida!, a poner unos zancos irreales con los que moverme en la vida, y no esos zapatos de la realidad triste y soberbia. ¡Que no! ¡Que no te quiero! Te uso, sí, como un cleenex, no te creo, me sirves para la loca y divina vida, para la divina locura. ¡Ahí están mis estudios, teatro de la filosofía, que sólo es una gran risa sin gato! Utilizo tus conceptos reales, ciencia, para el gran simulacro, para el gran tajo, para desenmascarar a la verdaderamente pobre, a la señora Miseria. A la sirviente que no sirve para nada, a la impotente, excrementos que fluirán por el resplandeciente water cósmico -del cerebro. ¡Celebremos pues! Estallo en la risa callada. Muertos de risa, como San Buenaventura en la tumba de su amado Dios. ¡Vaya con el Cardenal! Si el alfil del ajedrez en francés es el fou (loco), en inglés es el bishop (obispo). ¡Vuelve la mística, la contemplación siempre ha sabido dónde ponía los ojos!
Pensamientos sobre la droga, 3
Cita Antonio Escohotado en su Historia general de las drogas el principio del alquimista renacentista Paracelso según el cual sola dosis facit venenum (sólo la dosis hace el veneno), sentencia que viene complementada por la de que “todo es (puede ser) venenoso”. Según esta tesis se trata de lo que llamamos comúnmente “evitar el exceso”. Una dosis suficientemente pequeña no será dañina; una dosis que supere un límite determinado puede llevar al consumidor al envenenamiento o en términos más actuales, toxicidad; “toxicidad” en el sentido de generar un mal para el cuerpo, para el organismo del individuo, en el sentido de una corrupción, degeneración y descomposición que quizás sea entonces irreversible: entonces el mal ya esta hecho, el veneno ha triunfado sobre la salud. La salud es así entendida como fortaleza a defender ante el intruso o invasor tóxico. Una ética entendida de esta forma estará asociada a una inmunología, a una teoría inmunológica de uno mismo, del mundo. Parece interesante, sugerente. Cuando yo -hace años- llegué a interesarme por esta cuestión -sin conocer todavía el principio paracélsico ni tampoco tener presente una concepción inmunológica- lo hice proponiéndome a mí mismo el pensar lo que llamé una lógica de la adicción. Es por eso que la droga, aunque tenga interés evidente para ser pensada en su realidad (psicológica, ética, política,…), me interesa más desde este enfoque, como concepto, parte de una constelación de conceptos que desarrollarían una ética ocupada del cuidado de sí, del cuidado de uno mismo -función principal de las éticas surgidas desde tiempos inmemoriales, y que quedase puesta en un primer plano de la filosofía de nuestro tiempo, como se sabe, por la obra desarrollada por el filósofo francés Michel Foucault, explícitamente, durante la última década de su vida. El cuidado de uno mismo no nace con Michel Foucault, claro, y él no lo pretendía, pues precisamente lo estudió en la historia de las culturas griegas y latinas (para después quedar su proyecto inconcluso, con su muerte, en el estudio del mundo cristiano).
"Todo es venenoso" (Paracelso): el mundo civilizado actual está, por dominar el actual capitalismo altamente tecnológico, movido en buena medida por ataduras gestadas para el consumo de múltiples productos, servicios. Se pretende atar (-¿quién? -los productores; las multinacionales, los Estados,…) al consumo de diferentes productos que se van sucediendo con los años, con los tiempos. Para ello se trata a su vez de atar a diferentes formas de consumir, a unas formas de consumir determinadas, dadas, enfocadas al desarrollo de ese mundo capitalista avanzado en el que estamos inmersos: esto es, dicho con otras palabras, se crean deseos -y junto a los deseos se tendrán que generar los valores apropiados a tal empresa- con el fin de que lo que las masas vayan deseando sea lo que se les irá ofreciendo. Una publicidad -tenemos entonces- ha creado el deseo, nuestro deseo, mi deseo, tu deseo. Esa publicidad no es sólo un anuncio de la TV o un cartel en una esquina. Está en los poros, en el aire, en la forma de pensar, o de dejar de hacerlo. Crear deseos también comporta crear formas de pensar (o de anular el pensamiento). En definitiva, tenemos una ética creada por otros, cuando por definición, o cuando menos históricamente, la ética debería ser esa intimidad en la que el individuo se gesta, se construye a sí mismo; la ética implica la construcción y gestión de la propiedad, entendida esta "propiedad" como lo propio en uno mismo, lo propio que, en este sentido, hay que construir e ir descubriendo en la construcción, en la propia creación de si. En este sentido se puede decir que la ética es -su función es-, perseverante. Mucho hay de cierto -según lo que voy describiendo- en el mundo actual, pues, en las palabras de "todo es venenoso": lo tóxico está incluso en nosotros, como desde una perspectiva no muy lejana y diría que afín dice Gilles Deleuze que debemos denunciar y tratar de exterminar los microfascismos en nosotros mismos, en nuestro interior.
He dicho ahora “exterminar”. Y ya tenemos una figura de nuestra virología, de nuestra inmunología: el Exterminador. Este personaje fue ya creado en una literatura, en la de William Burroughs, con su obra Exterminator! - decir que Burroughs entiende el lenguaje como un virus de un espacio exterior, y el pensamiento racional como aquello que hay que tratar de exterminar; y esto no deja de entenderlo sino dentro de la perspectiva de la sociedad de control actual, en la que unas mentes tratan de controlar y dirigir la voluntad y la mente de las masas, de los individuos, del pueblo. Vamos dibujando el mapa, el cuadro del tóxico, del veneno. Bajo estas premisas que hemos ido esbozando podría nacer quizás una inmunología, una lógica de la adicción.
Pensamientos sobre la droga, 2
El consumidor debe saber -especialmente el joven, pero también el adulto- que el uso continuado de drogas le acarreará, junto al disfrute de paradisíacos placeres y a la abertura de puertas que adentran en vías de conocimiento, unos efectos nocivos en su propia psicología -digamos que como una medicación conlleva la droga unos efectos secundarios que lo que aquí ponderamos es que a veces son tan importantes para uno mismo como el efecto primario de disfrute. La tentación es grande, y yo -haciendo retrospectiva- no me arrepentiría de haber tenido en mi juventud experiencias relativamente frecuentes con esas substancias psicoactivas. Pero hay que considerar los malos sentimientos que acompañan en buena medida a tal transitar. Se dan síntomas de una enfermedad en uno mismo, y esto desde la perspectiva de uno mismo y no ya de médicos, familiares, conocidos: lo peor del caso es que uno no se encuentra muy bien, en ocasiones. Por otra parte, también de eso se podrá aprender, pues de todo se aprende; y se podrá canalizar una nueva salud a partir de la enfermedad, una nueva originalidad y propiedad, particularidad y singularidad a partir de la rareza enfermiza, de lo esquizoide y de lo paranoico que se habrán alimentado en el individuo. Pero tampoco aquí debemos excedernos. Con eso el individuo se verá abocado a un quehacer ético, a un cuidado de sí mismo en vistas a exprimir el jugo de sus potencialidades, domando el exceso, lo tóxico para ese individuo que todos llevamos dentro, o somos.
Habiendo encontrado su propiedad, su singularidad ese individuo ya estará dispuesto para “alcanzar los efectos por medios no químicos” (ver Pensamientos sobre la droga, 1): habrá alcanzado la disposición. El metal ya limpio podrá someterse ya a transformación, que dirían los alquimistas.
Decíamos que el sujeto encuentra unos efectos adversos: recordemos. Manía persecutoria ocasional, pero no por ello menos presente. Sospecha, lo que creo que se llama pensamiento bizarro -según tuve ocasión de ver en la descripción de un psiquiatra en mi juventud, época de la empresa de la que estamos tratando. Duda psicológica -digamos-, asociada y dirigida a la crisis de personalidad; inseguridad, e inseguridades; se puede llamar despersonalización. Exacerbación de lo esquizoide, exacerbación de lo paranoide también; altibajos espirituales de consideración. Lo primero, en los diagnósticos clínicos psiquiátricos podría llevar más hacia los casos de la llamada EPC (esquizofrenia paranoide crónica), lo segundo, a los casos de la llamada bipolaridad (trastornos bipolares). En todo caso, no obstante, como iba diciendo apostando por la regeneración paciente e inteligente, trabajo del individuo sobre sí mismo, todo este cuadro de tintes patéticos, siniestros deberemos recanalizarlo con el tiempo y una caña hacia un futuro mejor, en el que quede la peculiaridad y singularidad, pero no la desestructuración y descomposición. Debemos, deberemos construirnos, y madurar.
Dicho sea de paso, a mi modo de ver un tratamiento que trate de ayudar al individuo no debe buscar su normalización -sea esta lo que sea, parece un comodín vacío- sino la canalización de sus potencialidades, esto es, la potencialización de su singularidad y de su propiedad (lo propio en sí).
Pensamientos sobre la droga, 1
Iniciamos a continuación una serie de pensamientos tratando la cuestión de la droga, en sus múltiples facetas.
Autores como William Burroughs o Hermann Hesse, escritores experimentados -como se sabe- en el campo de la droga, llegan a la conclusión de que es menester alcanzar lo que la droga puede aportar al consumidor -aspectos positivos- por medios no químicos, esto es, absteniéndose del consumo. Tal idea es tan atrevida como sugerente, y para algunos sera consigna con carácter absoluto. A mi modo de ver es una idea muy válida, siempre que el individuo haya entrado (iniciación) en un estado de (pre)disposición para tales procesos: en la terminología del filósofo Gilles Deleuze, el individuo debe haberse desterritorializado suficientemente, en la medida necesaria y oportuna, debe haberse creado -o más bien debe tratar de crearse, atravesando el umbral de la experimentación (las puertas de la percepción, que dirían William Blake o Aldous Huxley)- un cuerpo sin órganos.
(Trataremos en otro pensamiento la cuestión, en Mil mesetas de G.Deleuze-F.Guattari, de la diferenciación entre el cuerpo lleno sin órganos y el cuerpo vacío de la droga.)
(Para la noción de cuerpo sin órganos véase el capítulo 6 de Mil mesetas de G.Deleuze y F.Guattari, titulado "¡Cómo hacerse un cuerpo sin órganos?”).
El reposo del soldado (2014)
Fusiles doblan el perfil del soldado que, encasquetado, avanza. Desciende una densa niebla. Los cuerpos están húmedos. Amaneciendo, el rocío. El soldado, el nuestro, lleva su fusil, cargado en el brazo derecho. Lo vemos correr a paso ligero hacia allí. No sabemos a donde. El parece que sí lo sabe. Pero él, el soldado, no llegará a su destino, al que cree su destino. No porque lo vaya a abatir enemigo alguno, sino porque permanece ahí, en el mismo sitio. Corre pero no avanza, nada cambia. Todo está ahi, el soldado quieto, todo está inmóvil, permanece en reposo, estable. Hay, ahora, hielo; hay lanzas de hielo, como barrotes de una prisión, como colmillos de la fiera adversaria, acechante.
Destrucción de la metáfora del ajedrez (septiembre de 2013)
Ahora hace cuatro años que murió mi padre. Padre de cuatro hijos, descansa en este momento entre los muertos. No creo que pueda decir ya nada, ya que no creo que los muertos puedan decir, en todo caso escuchar, en todo caso esperar. Y en todo caso ya hace tiempo que es pasto de los gusanos, desde que lo destinaron al área reservada de los muertos. Mi padre era un hombre interesante, es por eso, obviamente, que esto estoy escribiendo. Pero ¿buen hombre? Buen hombre, que es lo que a veces algunos esperamos de la persona, de la gente, eso, no sé si él lo era. Cierto es, nada es ni blanco ni negro, grises, escala de grises, aquí y allá. Pero, ¿y la agresión?, ¿y la agresión premeditada? Mi padre, él, buscaba dominar, dominar al ser querido, a los hijos, a mí, que me tocó ser su hijo, uno de los cuatro que tuvo, el último, con mi madre, prematuramente fallecida -y haberlo sido no me causa sentimiento negativo alguno, globalmente hablando, totalizadoramente hablando.
Era un dominador; ¿se puede decir, por tanto, que era un agresor? Yo soy de esos, sí, soy de esos, que eso creen. La ecuación es que dominar es agredir, oprimir, limitar, tachar, minusvalorar, despreciar. Y es en ese sentido que afirmo -porque creo poder hacerlo, creo que mis fibras íntimas y la inteligencia que ha quedado pueden afirmar- que mi padre era como Saturno, como Cronos, un devorador de hijos. Pero no era inmortal: él yace sepultado, yo todavía doy brincos, lo mismo que miro, a veces, hacia la sepultura, y más allá, quizás.
Mi padre era vigoroso y fuerte, viril, pero ¿tenemos derecho a gobernar, dominar y mandar? Esa es para mí la humana y divina cuestión que cada uno, en su intimidad, debe afrontar con premura, como una presencia sólida, aunque quizás sea una cuestión sin respuesta clara, una cuestión insoluble. Pero, en todo caso, tendrá una respuesta, la ética, la conducta que dirigirá las tendencias, los más o menos firmes pasos de cada uno.
"De tal palo tal astilla", se dice, no sé si con más o menos razón. Me parece bastante claro que mi padre y yo tuvimos una fe diferente con la que movernos con respecto a la cuestión de la dominación. Él sí, yo no. Mi afirmación, en todo caso, es otra. Quizás sea en relación a la muerte prematura de mi madre que mi afirmación sea la de la ausencia más que la de la presencia, la del gesto más que la del paso firme, la del silencio más que la de la apisonadora; y es una cuestión filosófica, claramente, la del vacío, el viento, o el clavo, la piedra crucificada. Y sobre esto, sobre todo esto, podemos decir más cosas, y las decimos, de hecho, con cada aliento, con cada muestra. ¿Y mí padre? Si lo intento le veo -y así lo prefiero- reservado como era, y como soy, pero de mi lado, con mis cosas, que son una sonrisa eterna suya, también en sus ojos ya vivos, y locos, ya no dominadores.
Muchos valores, respecto al entorno y el mundo los hemos compartido, si no juntos, al menos sí más allá, lejos, muy lejos, allá en nuestras reservas humanas: algo hay de maestría si hay de aprendizaje. ¿Y la partida? Al carajo con ella; la quemamos, y salvamos el fuego radiante, que será ya cenizas.
Somos (octubre de 2012)
Despertó de repente. El sueño estaba siendo vivo y desagradable.
Así pues, despertó. Miró a la mujer que tenía a su lado, tendida, en el lecho común. Estaba así, quieta, mucho, muy quieta. Miró su rostro de ojos cerrados. Sintió su belleza cercana, hasta que se percató de algo: la mujer no respiraba. Bajo aquella sábana que le llegaba al mentón nada respiraba, nada se movía. Al fondo, descubiertos, los pies, quietos, no, no se movían tampoco. Y así, súbitamente, sintió algo lejano, de repente. Y cercano, era punzante.
La tocó. El cuerpo, un cuerpo, no se movió más de lo justo. Ella, una mujer, yacía muerta. Era su mujer la que yacía muerta. La que le había acompañado por años, por décadas como a veces sucede, como algunos deciden hacer o hacen el camino. Y eso había sucedido: ella ya no estaba o estaba allí quieta, muy quieta, ida para siempre. Le levantó la mano por la muñeca, la dejó caer; la besó en la mejilla, muy lentamente se fue separando sin dejar de mirar los cerrados ojos, cierre, e incorporándose había puesto los pies en el suelo.
El forense le dijo:-Señor, creemos tener pruebas irrefutables, digamos evidentes, de que la mujer ha muerto por asfixia. Y añadió: -Pruebas de que ha sido estrangulada por usted, querido esposo. -“Somos pareja de hecho”, murmuró para sí, mientras entrega sus muñecas a las esposas de un policía alto, delgado, con un bigotito gracioso, pensó. Y pensó también: ¿Lo he hecho yo? ¿Es eso posible? Estaba momentáneamente perplejo, con un lado de la cara tenso en una mueca petrificada. Le esperaban años de silencio en prisión, con los ojos abiertos pero cerrados, haciendo las tareas como un reloj y -dicen- con buena conducta. Pero eso no iba con él, ella le esperaba, es lo que pensaba, y un buen día (ya fuera con los rayos de sol inundando el patio o con la lluvia torrencial anegando la jaula, todas las jaulas) se decidió a presentarse, así, de repente.
El carrussel casto (noviembre de 2013)
Aullidos demenciales. En la calle, es de noche. La noche atravesada por una luz tenue y anaranjada. Dorada. Un pez, un pescado. En el súper, Consum; pescadería, sección de. Rápidos, veloces, también fugaces vientos alisios. Alto. Pregunta: ¿alisios? no. Cae foto de ignorancia, ignoro. Fugaces vientos de Mataró. En la plaza. Un hombre. Un hombre gritando, en la plaza gritando, un hombre. Una persona. Una máscara. La máscara. Anuncio de la máscara. Mascar, y follar. Mascar y follar. Follar, follía. Roberto Follia. Foglia, la foglia, Italia. Sueños de Italia. Es una Italia turca. En negro. Relieves. Relieves marcados. Incrustaciones. Como una incrustación. Italia, esa Italia -como una incrustación. Sobre el fondo del cielo en azul marino, eléctrico ya violeta, también. Entre los dos una luz, una línea fina entre los dos separándolos. Rectificación: una membrana, una membrana de luz, en expansión, o sea, refulgiendo. Buf, refulgiendo, cansancio. Siento el cansancio. Y pasa en pocos segundos. Queda… cerca, la expresión era otra, que me cuesta encontrar. De ahí que se acerque, ese cansancio, se acerque. Necesidad de contrastación de las hipótesis. Popper. Un libro. Titulado La racionalidad de la ciencia. Cursiva para hablar, nombrar títulos de libros. Nominalismo. Ockham, ahora Ockham. Con la dificultad del nombre, de Ockham, el propio. Nombres propios. El propio. Nombres propios. Ockham cayendo. El libro de Burroughs. ¿Plagio? ¿Emulación? ¿Plagio del libro de Burroughs? O sintonía. O quizás sean muy diferentes, quizás, quizás lo sean. Inter. Incluir, que no interponer, aquí -diferentes posibilidades. Rizos. Interponer aquí. No: Incluir aquí. El título de Burroughs. El libro era El almuerzo desnudo. Desnudo. Bien, era Nova express. Cursiva, otra vez en cursiva. Cursiva. Corrosiva. Corrosiva, cursiva. El libro era, es. El libro será. Lo dejamos aquí, cae el telón. Lo dejamos aquí, el texto. El texto. El texto vacío. El texto ha quedado vacío. Una almendra, pelándose una almendra. La almendra vacía. Mandorla, de Paul Celan. Citada por López-Petit, imagen de López- Petit, de un López-Petit apresurado. Frente a la Facultad, bajando. Frente a la Facultad de Filosofía, cerca; en frente. El texto queda aquí. ¿Se llenará? ¿No se llenará? Superfluo. Superfluidades. ¿Es correcto? El texto, superfluidades. O. O nada. Nadar. Nadar, nadar, tralará. Joyce, el Ulises, hacia el principio. Al principio. Rectificación. Todo correcto. Aquí afirmaba, no rectificaba. Aclaración. ¿Por qué aclarar? Aclarar o no aclarar ¿es esa la cuestión? Se pueden decir subnormalidades, muchas, muchas subnormalidades, pesado, fatiga, no, no fatiga, no, no hay, no hay fatiga. Paréntesis y cierro. Vale. Acero. Telón de acero. Quería cerrar pero película. Título. Y ahora título de mi texto. Y se aparece desnudo, el almuerzo desnudo en cursiva. Se aparece. Una pista. Una pista. Otra. Pista de resolución, pis, pista de deslizamiento, de imagen, imaginación. O. La una o la otra.
Incompleto. El carrusel casto incompleto. El carrusel casto. Marketing. Marquéting. Incompleto. Not complete. Not full. Panel de mandos. Full. Self-destruction en Kubrick. Teléfono rojo volamos… volamos hacia. Moscú. Edificio cuadrangular rojo, rojo ladrillo, con cúpula, dorada. Alfiler, alfileres. Jeringa. La droga, el drogadicto. Imagen del drogadicto, y su droga. Su droga enmarcándole. Insuflándole la atmosfera, envolvente.
Esconder. Esconder, que esconda el que tenga que esconder. Esconderse. Caballo. Al viento. Kafka.
Incompleto. El carrusel casto incompleto. El carrusel casto. Marketing. Marquéting. Incompleto. Not complete. Not full. Panel de mandos. Full. Self-destruction en Kubrick. Teléfono rojo volamos… volamos hacia. Moscú. Edificio cuadrangular rojo, rojo ladrillo, con cúpula, dorada. Alfiler, alfileres. Jeringa. La droga, el drogadicto. Imagen del drogadicto, y su droga. Su droga enmarcándole. Insuflándole la atmosfera, envolvente.
Esconder. Esconder, que esconda el que tenga que esconder. Esconderse. Caballo. Al viento. Kafka.
Tránsito a lo mío (2013)
Tiempos inseguros, precariedad. Ni un techo propio, nada propio, sólo un hatillo, en ocasiones. Reglas, ajenas. Para construirme a mí mismo, dirían. Disciplina, pero fría, no la ardiente, nacida del calor de la propia intimidad. Colectiva, no privada, no particular. No la planificación de lo propio, sino el despliegue de lo ajeno. Todo esto superado, ya; de un corte, de un salto. La vida, que da vueltas. Ahora la custodia de lo íntimo, de la intimidad, de lo propio, del aliento, del hálito vital. La mirada que se postra, no ya los ojos que chillan, o chirrían. En la bandera la calma, la quietud que acalla, el estanque tranquilo visto, enmarcado, en la tarde, en reflejos de luces del sol poniente, en la sombra dibujada, trazada; en los caminos que lo circundan, desplegándose, caprichosos y misteriosos, como el blanco y el negro expuestos, como una mano tendida sobre el océano oculto.
Los caballitos del Dover (2012)
En una ciudad catalana -Mataró, para mas señas- hay un bar-restaurante llamado Mac Dover, al que, para abreviar, llamamos Dover. Tiene adosada una sala de juego, con ruleta y esas cosas y, en la entrada, un espacio con caballitos, y coches y una moto y un camión de bomberos, para los niños y su disfrute. Desde la terraza cercana se les puede ver llevando a los papás en esa dirección en la que se encontrarán -como quien dice- como en su casa. O mucho me equivoco o los siguientes apuntes, que voy tomando desde que conozco el lugar, van en esa dirección: “Atención niños y niñas, necesito un conductor”.
I
Un punto de vista que me atrae en alto grado es la relajación, la calma: la soberanía de la calma contra toda intranquilidad. “Ante todo, mucha calma”. Con los niños de los caballitos de carnaval que giran al son de la música, el problema se esfuma.
II
Reconocimiento.- Y pienso que entonces construimos la arquitectura del respeto entre nosotros. En el horizonte del encuentro se muestra la alegría en la dureza de la vida que ambos atravesamos: al son de los caballitos, y haciendo por superar el laberinto de las palabras presentes, todo pasa y todo queda, al unísono, como tú ante mí.
III
"El tiempo es un niño que juega a los dados. Del niño es el Reino." Los niños -éstos- no van a los dados (mas o menos casualmente la sala de ruleta esta contigua a su dedicación); les gustan los caballitos. ¿Cuanto tiempo pueden pasarse montados en sus figuras? ¡Cuanto tiempo! ¡Cuanto tiempo, en esos movimientos repetidos esculpidos! ¿Y la adicción? ¿Cómo hablar de la adicción de los infantes, entonces? Como yo, cuando era niño, que me buscaba, me encontraba y me salía de mí dando vueltas sobre mí mismo, alejándome y deteniendo las acciones y el tiempo del exterior, activando el tiempo interno, de la distancia e intimidad internas, propias. Y así tambien ellos, los niños, en el vaivén de los caballitos.
IV
No sé si hoy no oigo, no veo los caballitos, o lo hago de lejos, pues hoy el sol rasga, impregna mi rostro como mi sombra pesa sobre la pirámide, gafas de sol sobre la caricia vacía, receptiva de mis ojos y mi mirar. Ahora sí suenan, al fin… otra vez, al fin; y los niños lo han hecho, otra vez, manteniendo el secreto ante unos padres que no pueden dejar de serlo, creyéndose -ante la esfera dorada- desengañados. Aunque quisieran, el deseo no sería tan grande -no sería tan llamativo el hechizo- como para que no sonara sin cesar esa distante música burlona, en el vértice del otro mundo, en el principio de todo mundo, de todo reino, donde no hay espejo sino de la trasgresión, del límite; cabellos de la disolución, caballos de la espera: infinito del tránsito y de la parada estanca, corceles de las cárceles violadas en un dibujo deshilachado, un cuerpo maltrecho y descompuesto, negado, eliminado. ¿Y yo? No, no hablo a los niños, pero escucho el ahora callado son de los caballitos; esa es mi pregunta inconfesa.
INTERLUDIO
Unos amigos acaban de ser padres, se llama Magalí. Ahora sí, apuesto a un número: ése por el que puedan ser el don de la persona en la infancia, padres y niños ya, como los caballos que dejan atrás el soleado prado, en el viento. Felicidades -en diciembre.
V
Niños en sus carritos o de la mano de sus padres, de todas las razas, al pasar por delante de los caballitos que se les muestran en el Dover, gritan: “¡Papá! ¡Mamá!”, pidiendo reposo, refugio, disfrute. Los padres a veces no acceden -pasan de largo- a meter las monedas del tiempo del desenfreno. Ellos llevan la batuta del tempo de una infancia que podrá realizarse o no. Los niños, ahí, estarán sometidos a una voz que les active y desactive sus impulsos vitales, sus instintos. Pasan unas bellezas: ¿quién activa, y desactiva, a los adultos los suyos?
VI
Los caballitos estaban solos. Una niñita ha volado hacia ellos. Estaban callados, ahi, petrificados, y la niña expectante, anhelante.
Y le he metido la moneda que ella quería, la que ponía en marcha el carrusel. Ella, agradecida; y se ha ido a sus alturas. ¡Nos lanzábamos el beso! o, dicho de otra manera, los ojos satisfechos, perdidos -perdiéndose- y las manos que se encuentran en el dibujo aéreo -saludos que desdibujan el aire-, anulándose la distancia. Y los padres, contentos, se me han presentado encantadores. Y me han entregado su compañía -hemos hablado de lo infantil que, aunque no es fácil, no se ha de dejar perder- en este breve y brillante lapso. Bel y Jordi decían a Gala que me diera las gracias; y yo me adelantaba a obtener mi recompensa de la pitufina: un beso en la mejilla, que fue alado; inocente, fugaz y alado, como el acontecimiento. Bien podían unos pájaros, mientras tanto, conversar melódica y calmadamente entre el follaje de los árboles, aun cuando en invierno sus ramas se postran desnudas.
VII
Una mujer pasa -de largo. Detrás la benjamina, cogida a un carrito, no pasa -de largo. Hace señales a la madre, va hacia los caballitos. La madre -vuelve. No hay dinero, yo lo veo: los rasgos de la estrechez.
La sube a un coche de escuela, a la moto, al siguiente, aún a uno más. Pero sin la moneda - los autos no funcionan, y la niña se ha dado cuenta: lo sabe, comprende. Llora. Yo no llevo ni un duro. La madre -en su fuero interno- se lamenta. Poco antes ha saludado a una conocida que pasaba, no le ha pedido nada. A mí tampoco. Se van, yo cavilando una idea: ser rico, traficar con esclavos - Rimbaud me viene a las mientes- para meter, a estos niños, la moneda: un señor propósito, que dejaré, dejo de lado.
No te saludo, no -me digo cuando, ya lejos del lugar, veo que pasa la cocinera; el otro día le dije “hola” y se me quedo toda callada y mirando. Algo como “Serpiente”, acerté a pensar, a dibujar, entre los rizos de su cabello terrestre.
Los pasos (octubre de 2011)
I
Fin del amor. Se ha acabado la carrera, la experiencia del amor: única. Ya no más amor. Ni hijos - pienso que sólo han de nacer del amor, que ya no está. Ni estará: el abandono. Lleno, del amor, vivido. Vacío, que se muestra, nace, mira, piensa, calla. Callará el fin y la memoria del amor. Indestructible, sí: cristal indestructible que ve, que yace, calmo, silencioso, callado. Quiebra de la acción; en la brecha, en el resplandor de fondo dorado, las sombras, palabras del abandono. Al fin, la definición. Disolución. Y un loro descuartizado o el fraude del oro incoloro: la gran pausa, la hoguera sacrificial, un nuevo viento, los colores pálidamente iluminados, trazos de la ruta. Ruta por venir, al fin. Ocaso de las conexiones; el abanico de un dolor transfigurado, silencio de la construcción, un paso amortiguado, cayendo en el vacío. Cambio. Traslación de los motivos. Espirales de la transgresión. La ruta, de nuevo, las rutas. Quiebra, cayendo, calma. Abandono. Ajeno, propio, ajeno. No más ajeno: lo mío, propio, la visión mía. Y otra, otra. A tientas, en trance, ciego perpetuo. Y la visión, pero la visión, mía. La mirada y el ojo, míos. El ojo tachado, pero mío, que se aleja. Lo deja, el abandono, la traslación. El rumor del tiempo, se niega. Un atajo, un atajo mínimo. Inútil, impotente, pero un atajo del otro transcurrir. La vía atravesada. El transcurrir otro, el lento transcurrir en el otro. Fugacidad, brillo, la calma. Pasa, está pasando, los pasos. Lentos, pero, sí, persistentes. Y callados; sigilosos, transeúntes, en la rueda del intervalo: en el ínterin, la aguja, el cable, el recuerdo, la ruina del cable, olvidado, por no pensar, y por pensar también, rodeado, envuelto de desencanto, en las fronteras, los límites. Justo al margen, del estado de sitio. Mas allá, sí, en el viento, en la brisa, en la carne, vacía, tendida, en suspenso. Vibra, brilla; y se deja, se deja morir, no, cambiar, se transforma, y no llega, nunca, nunca llega a concluir. Y las sombras que cambian, pasan, donde está aquel, u otro, árbol perfilado, en el camino, en el que el polvo que se ha levantado es más, es más que la huella de unos pasos. Lo que los pasos dejaron, y donde fueron, los pasos. Los pasos, uno tras otro, o encima, o detrás, pasando por delante del cine clausurado, hace ya tiempo. Y la rueda gira, pero ésta lo hace en la clandestinidad, en la sombra, estática, en la pausa, donde los ojos que se cierran, descansan, por un momento, por una vez. Este momento, esta vez, mientras dure este sonido, fiel y extranjero, como tú, como yo, como las palabras en un viento, desconocido y distante, aquél que un día, cuando hicimos unos votos aún por hacer, decidimos, nos encontramos decidiendo, en un lugar y tiempo aún por determinar, que era nuestro, que sería nuestro.
II
La escopeta apunta, un punto. El proyectil se lanza como un torbellino hacia el objetivo que, en mil pedazos, estalla. Y ahora te empiezo a reconocer. Te empiezo a reconocer como un trazo que se hace firma, y las líneas se intercambian, se entrechocan, y una minúscula luz desborda el cuadro, encarnándolo. Estrella fugaz y poblaciones del desierto. Todo brota, lo digo así, todo brota, sin mí. Sin el desierto, que es su hábitat. Que soy yo. Callado, brota, como en una película callada. Y yo, atiendo, esto es, atiende, él atiende. Y surgen tribus, y rutas. Y las rutas rotas; y se quiebran, y se yerguen, como un ojo pálido y perfilado, al que miro, lejos de lo marcado e identificado. Lo impuesto es desechado, aunque ese algo seas tú, o yo. Lo impuesto fallece guillotinado; y queda, ¿qué queda?: eso, el reloj guillotinado, la sombra desconocida, el ojo diseminado del silencio, del que brotan todas las voces, voces que callan, transitan, figuran y, en el mismo gesto, en la misma lágrima petrificada, disuelven. Marcan el paso -lento de una ruta cerebral- de una inexistencia, de un límite: un paso, dos; la siembra, el reajuste, el encuadre: los vértices y los márgenes, siempre ausentes, como cuando el pincel es el vaso que se rompe -lo disgregado, el tránsito. Y el cuadro, en el horizonte, inminente, de las voces tuyas, que niegan, descuartizan, aman, acallan, y roen, en el tatuaje del silencio, de la calma, lo informe.
III
No empuñes la pistola si no vas a disparar. ¿Busco un arma? ¿Me sirve de algo, en esto que parece una escapada, una fuga? ¿Abolición de todo lo real? Quizás no. Un poquito de real. ¿El cristal difractor es el arma? Quizás sin infractor; la difracción de lo real. No hay ley, no hay -por tanto- infracción al respecto. “Nada es verdad, todo está permitido”. El exilio, una vida humana. Totalmente permitido. El signo de los tiempos. El signo de lo - ¿ausente? El margen; la presencia del margen. Nadie te dice que permanezcas así, sentado. Ni la manera de aparecer. Nadie te dice. Nadie, a ti, que deshaces las conexiones. De hecho, tampoco nadie te dice: “un hecho”. Tú los difractas, los hechos; tú la excluyes, la realidad. Al margen, permaneces, un hecho y un ojo negados, un hecho y un ojo excluidos. Dibujas ese río, ese rumor silencioso, cristalino. ¿Y el arma? No, no es un arma. Un escudo, una cápsula, un espejo difractor. Con el espejo hablas, ya lo sabes, voces, las voces del silencio definitivo; la definición, la disolución, también: callada, callas en la espera, en una espera sorda, que no oye, que no espera; que pulsa el detonador del silencio, que todo lo abarca y todo lo huye. Vacío, tranquilo, irreal; irreal pero no como el hecho, identificado, sino irreal como el viaje y como el sueño, como unas -ésas- campanas que, ausentes en su lejanía, retumban: hablan, callan, disgregan, esfuman. Como humo te pierdes, hecho; y yo que -otro- permanezco, y transito, entre los pasos, más allá, donde explotan, resuenan distantes, al margen de lo visto, de lo soñado; al margen de todos los pasos, de todos los caminos, en la lejanía muda ya de tus pasos ya idos, ya en las sombras excluidas y -con un leve gesto- negadas en el olvido, transitorio y huérfano, expectante y diáfano, como el río cristalino y desarmado. La vibración y el brillo también están permitidos, en este sueño irrealizable por conciliar, por desatar.
Intro
En En azul metálico voy a publicar mis textos. Mi literatura oscila entre la filosofía y la prosa poética.
Este blog no pretende sustituir, ni mucho menos, a mi proyecto actual de fenomenología de la visión, Ocularia, sino, en todo caso, complementarlo. Los textos que surjan no siendo de referencia clara para Ocularia los publicaré aquí.
Comenzaré publicando lo que tengo ya publicado en Filoscopia, un blog de Tumblr en el que no he encontrado el adecuado, deseado feedback (afluencia de lectores).
Gracias. Saludos cordiales.
Este blog no pretende sustituir, ni mucho menos, a mi proyecto actual de fenomenología de la visión, Ocularia, sino, en todo caso, complementarlo. Los textos que surjan no siendo de referencia clara para Ocularia los publicaré aquí.
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