lunes, 30 de noviembre de 2015
La vida humana
Se da el caso de personas de las que en términos generales se puede decir que les cuesta expresarse, que tienen un rico mundo interior, incluso analfabetos (aunque hoy más bien hay sobrealfabetización, excedentes de significación). Creo que esas personas de las que hablo pueden superar y superan con creces en experiencias (en experiencia) a muchos de aquéllos que pueden caracterizarse por su locuacidad, persuasión, etiqueta. Eso: etiqueta. Hay muchos que están seguros de sí, de lo que venden. Pero si hablamos de expresión, señores, lo que cuenta es el mundo interior. Y ese mundo interior surge y se expresa en bloque, como un torrente callado, como la imagen que da el espejo (directa, instantánea). Cuando se trata de expresión la etiqueta es papel mojado, mero sucedáneo. No transmite. Defino pues la transmisión como la actualización de otro mundo interior (el de otro) en mí, y viceversa (recíprocamente). Y niego la definición de la transmisión como dibujo y consolidación de una etiqueta, como intercambio de mercancías. Niego el poder de la gramática con el que se confeccionan las etiquetas. Niego que en esa gramática - metafísica del pueblo, como con razón diagnosticaba Nietzsche - se dé la transmisión, la expresión. Más la puedo ver en personas balbuceantes que construyen lenguas extranjeras, inventadas, ruidosas, agrietadas. Las grietas son canales del mundo interior hacia el infinito galáctico y la madre tierra. De muchos que en términos generales puede decirse que les cuesta expresarse, puede decirse también en términos de concreción que se expresan plenamente con un gesto, con un latido, con la bomba de respiración. Ellos han tenido el coraje de eliminar lo superfluo, eso que instituye y prostituye los pueblos de hojalata, el dios-lenguaje, por tratar de hacer posible la transmisión, la expresión, el encuentro; en otras palabras, la vida humana. Y yo querría contarme entre ellos. Y querría que de ellos surgiera el pueblo, pero no.
lunes, 16 de noviembre de 2015
Doy gracias
Doy gracias al tren que descarriló y volvió a la ruta; murieron pasajeros, pero continuó.
Doy gracias a la pareja de abuelos que pasea el perrito al anochecer, bajo las farolas de noviembre, en Mataró.
Doy gracias al que me indica, con rápido gesto, el camino elevado. Y le creo.
Doy gracias al buen sonido, al buen silencio.
Doy gracias a la sala de espera de ti.
Doy gracias a los pájaros plateados en mis ojos fijos.
Doy gracias al porvenir, el porvenir negado.
Doy gracias, pues, a la hierba que aún crece en algún lugar.
Doy gracias a los niños de los suburbios.
Y a los cisnes de ningún lugar también, doy gracias.
jueves, 12 de noviembre de 2015
Fashion
Hoy el traje se ha desvirtuado. Y es que ahora el traje es Tecno-casa. ¿Dónde están los trajes con sombrero de William Burroughs en Tánger? ¿O el de Al Capone? ¿O incluso el de mi papá yendo al trabajo? ¡Ya no están! Ya no están: hoy el traje es Tecno-casa, la corbata es verde pasión, y el almuerzo está aún más desnudo.
El baile más transgresor
En una orilla distante - luchar con ojos cerrados, la estatua vacía. La arena disolviéndose, el cristal. Hoy, el sonido bélico: mírate, entre los alambres. ¿Qué barbarie emerge, sin dilación? Señalizaciones te impiden continuar, hoy. La barbarie chirría. Cuando me miro, chirría. No puedo ya. La flor marchita, en la orilla. El grito, la huida: surges en tu voz que niega. Callas; callas y niegas. Marionetas permanecen, danzan. Y éso es lo que me encontré, mirando atrás, ya muerto. No me olvides, no quiero dejarme de lado. No me dejes de lado, cuando se apaguen las luces, y la música fallezca. Mi corazón entonces, rojo vino, renacerá, en una tierra sin pretensiones, distante, en la orilla. La música del piano sonará nuevamente, lejana. Despojos de mí florecerán en tus ojos, como pestañas cósmicas. Sobre los despojos nos obligaremos, en manos prometidas, al baile más íntimo, más transgresor. Y las luces se apagarán; se apagarán y se encenderán: sobre nuestro ojo, y más allá, en lo descompuesto, parpadearán, sin fin.
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