La percepción sutil. Silencio, o una voz susurrada, casi en la evanescencia. Y a la vez un grito.
No sólo un grito: un grito no es sutil, no es la percepción sutil -por la que me estoy cuestionando.
En el fondo me estoy cuestionando por el estilo, por la cuestión del estilo (como cuando se habla de un estilo literario); percepción, expresión y estilo van de la mano.
La cuestión es qué me gusta percibir, cómo. Cuándo y cómo estoy como confiado en mi percepción (y, como vio ya Berkeley, ser y percepción se identifican).
Me ha venido a la mente la respuesta, la imagen.
No gusto especialmente, o en lo propio, del grito, como quizás tampoco es mi propiedad diferenciada el silencio en sí. La (o mi) percepción sutil es cuando aparecen al unísono silencio y grito, juntos y diferenciados; finalmente llevados a la síntesis.
La síntesis es la presencia de la imagen de la piedra como unidad y a la vez de sus venas, sus fibras, sus grietas.
Estamos ante una coincidentia oppositorum (unión de contrarios), así como ante una polaridad en la correspondencia. La combinación es la regla del juego, como en las «correspondencias» baudelairianas o en lo estelar mallarmeano. Es la pluralidad de estrellas desplegadas en la unidad de la noche, en correspondencia. Es la antítesis del culto solar, si lo entendemos en estos términos.
El sol es autosuficiente, poderoso, se nos presenta como unidad luminosa autónoma. El sol se puede identificar fácilmente con el dios-padre. Es el poder, pero no es lo sutil, mi sutil. No es mi propiedad. Es el grito aislado, es el silencio enclaustrado, mas no esa percepción sutil a la que puedo llamar ahora libertad. Pasajera y efímera, como la percepción, como lo sutil: así puede ser, y sólo entonces, la libertad. Libertad de gobierno, libertad de la polaridad: oscilación, potencia de elegir; pero elegir en la unidad de contrarios, recordemos.
No es el poder del sol, del objeto (unitario). Es la noche del poeta Mallarmé, con sus estrellas desplegadas en el paño de la noche, o la disposición resultante de los dados de Heráclito (el del «polemos») lanzados sobre la mesa. Es la regla, definida por Nietzsche como eterno retorno: es el juego, es la transgresión. No el grito, no el silencio, sino su coincidencia, la coincidencia de esa percepción, esa percepción sutil, que me (nos) eleva. Es la nueva salud (en la coincidencia de salud y enfermedad). Es la resistencia, la transgresión (al fin). Y, con ello, la aceptación, la resignación.
La percepción es sutil como un humo de cigarrillo que se eleva y desaparece. Esa sutileza es una cuestión de humor. Grito y risa, risa como grito. Como de la correspondencia del grito y del silencio se trata de este silencio combinado con la carcajada: la síntesis es la risa silenciosa; yo la solía llamar -cuando pensaba más en estos temas- risa cerebral. Y es que -podemos pensar- por el cerebro corren los circuitos, las grietas, como por la piedra preciosa sus venas.
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