lunes, 6 de febrero de 2017

El juicio final


En el último trippie (ácido lisérgico, LSD) que tomé, con veinte o veintiún años (hace de esto ahora media vida mía) sucedieron varias cosas destacables. Comentaré una.
Lo tomé de noche, en grupo. Por cierto motivo, pasadas unas horas de «viaje», volvía a casa de madrugada, solo. En mi habitación sucedió lo siguiente. Pensé que si me dormía ya no despertaría, me moriría. Así pues, estuve despierto hasta la mañana, en que, absolutamente pálido, me trasladé con mi padre y su segunda mujer a Masnou, en coche, a pasar el fin de semana. Sigo pensando que hice bien en permanecer despierto.
En ese rato que estaba en mi habitación tuve una experiencia similar a la que en el cristianismo se llama Juicio Final. La experiencia consistió en que mis años pasados pasaron por delante mío en cuestión de segundos y yo me encontraba en la situación de evaluar si los había vivido en su plenitud, si me había sentido lleno de vida, satisfecho de mi vida pasada. Recuerdo que mi respuesta, más o menos visual e intuitiva, fue negativa. No me habían llenado. Quizás con esa negativa sólo estaba proclamando que no quería morir, que era aún joven para ello. Pero fue un hecho que tuve la sensación de haber desperdiciado mi pasado, no sé por qué bien bien, pues había llevado una vida con experiencias del todo habituales como para considerarlas «vida realizada», «vida vivida». En mi autojuicio no se trataba de si había sido bueno o malo, sólo se trataba de si había vivido la vida con intensidad; en tal sentido, si no me equivoco, se diferencia de la idea cristiana del Juicio Final llevado a cabo por Dios, no por uno mismo. En mi alucinación Dios «merodeaba por allí»... creo poder decir que era el que me propuso que me autoenjuiciase, digamos, el que me puso ante «la película de mi vida pasada» (que no duró más que unos momentos, fue rápido). Yo soy ateo, y en aquel momento si no era ateo era agnóstico, porque considero que Dios es una proyección de la mente, que no tiene realidad objetiva. Pero como proyección del cerebro en momentos extremos, como la ingesta de alucinógenos o también la proximidad de la muerte, creo que Dios sí existe. Creo que Dios es una potente proyección habitando en el inconsciente, que se realiza en esos momentos excepcionales, cumbre. O sea, que creo que un ateo puede tener la experiencia de Dios en los momentos anteriores a su muerte, pues pienso que esa proyección mental en su inconsciente se puede imponer, como he comentado, en el momento anterior a morir. Por tanto, considero que Dios es una especie de alucinación, una proyección, pero potente, que permanece latente en nuestros cerebros, no sólo del creyente sino también del ateo. Esto es, creo que Dios no existe objetivamente, pero que puede tomar existencia, actualidad, como proyección, como ilusión o como alucinación. Y el que tiene la vivencia de una alucinación, mientras ésta transcurre, piensa que existe (la alucinación): es más, no considera existente en ese momento otra cosa sino ella. Es posible que los últimos momentos de la vida humana estén asociados a esa experiencia (proyectiva, alucinatoria), no lo sé.


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