sábado, 4 de abril de 2015

Una isla

Una isla. El faro, el farero en una isla. El faro construído en cristal reflectante. Los diferentes colores, los rayos, atraviesan al imperceptible farero, también de cristal. Piedra de cristal. Madera, azul, cristal. El farero y el faro conforman una unidad orgánica, en simbiosis. No es una unidad, es una ínfima partícula en el magno archipiélago, ese extenso territorio cuyo nombre fue puesto, implantado hace ya tiempo por los gestores del planeta; se trata de una palabra a primera vista bella, pero tan ajena que llegó el día que decidí no pronunciarla ya, y es que se estaba dando el caso que hacerlo era para mí evocar al Demonio; trato de no evocarlo: trato -creo que con buen sentido- que el archipiélago se mantenga para mí en tonalidades habitables. Pero yo -el farero, el faro- sólo soy una partícula del archipiélago, una gota de agua en el mar. No, por supuesto: seamos rigurosos en lo obvio: yo no soy agua en el mar, no soy pez en el agua. En el juego de espejos con el medio hay carencia, hay distancia: no hay flujo, no hay inmersión. En las inmediaciones del faro hay senderos perdidos; se pierden en un bosque siempre oscuro, en el que caminar a tientas: porque refleja la gruta negra en la que habita el farero, ese pétreo faro del que sólo se pueden ver brechas, unas brechas similares a las que se están formando en las placas tectónicas de las islas del archipiélago, anunciando su cercano final.

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