lunes, 30 de noviembre de 2015
La vida humana
Se da el caso de personas de las que en términos generales se puede decir que les cuesta expresarse, que tienen un rico mundo interior, incluso analfabetos (aunque hoy más bien hay sobrealfabetización, excedentes de significación). Creo que esas personas de las que hablo pueden superar y superan con creces en experiencias (en experiencia) a muchos de aquéllos que pueden caracterizarse por su locuacidad, persuasión, etiqueta. Eso: etiqueta. Hay muchos que están seguros de sí, de lo que venden. Pero si hablamos de expresión, señores, lo que cuenta es el mundo interior. Y ese mundo interior surge y se expresa en bloque, como un torrente callado, como la imagen que da el espejo (directa, instantánea). Cuando se trata de expresión la etiqueta es papel mojado, mero sucedáneo. No transmite. Defino pues la transmisión como la actualización de otro mundo interior (el de otro) en mí, y viceversa (recíprocamente). Y niego la definición de la transmisión como dibujo y consolidación de una etiqueta, como intercambio de mercancías. Niego el poder de la gramática con el que se confeccionan las etiquetas. Niego que en esa gramática - metafísica del pueblo, como con razón diagnosticaba Nietzsche - se dé la transmisión, la expresión. Más la puedo ver en personas balbuceantes que construyen lenguas extranjeras, inventadas, ruidosas, agrietadas. Las grietas son canales del mundo interior hacia el infinito galáctico y la madre tierra. De muchos que en términos generales puede decirse que les cuesta expresarse, puede decirse también en términos de concreción que se expresan plenamente con un gesto, con un latido, con la bomba de respiración. Ellos han tenido el coraje de eliminar lo superfluo, eso que instituye y prostituye los pueblos de hojalata, el dios-lenguaje, por tratar de hacer posible la transmisión, la expresión, el encuentro; en otras palabras, la vida humana. Y yo querría contarme entre ellos. Y querría que de ellos surgiera el pueblo, pero no.
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