I
A Ian le había sorprendido su abuela, la señora Martha Benn, señalándole una noticia del periódico. Sabía que él no leía los periódicos. Le dijo: «¿No es éste el músico que escuchas?».
Se anunciaba el memorial por la muerte del cantante de la banda de rock gótico Christian death, Rozz Williams.
Días atrás la abuela le había pedido que alejara el cenicero que él e Isobel habían dejado en la sala de estar repleto de colillas: «no volverá a suceder», pensó él.
La abuela pasaba horas en la sala de estar, habitualmente sola, sentada en su sillón (su marido, un militar, había fallecido hacía veinte años). Estos dos hechos relatados habían acontecido meses atrás. Este día, Ian se dirigió a la sala, hacia su abuela y le entregó un pequeño papel:
«Que no se apaguen tus ojos
nos queda mucho por vivir
¿podremos?»
Los ojos de la abuela Martha perdían su brillo. Ella guardaría el papel: más tarde, ya sola, lo enfundaría en un plástico transparente con una hojita de planta en su interior. La hojita quedaba debajo del texto.
II
Isobel hablaba con Ian sobre el Frankenstein de Mary Shelley, sobre la venganza que ejerció sobre su creador por carencia de amor recibido. Conversaban sobre si el constructor tendría que haber creado la novia que le pidió el monstruo, para alejarse de la humanidad a los confines del planeta, y poder vivir el amor en el olvido del rechazo a que la especie humana le sometía.
Atravesando la puerta principal del parque de Blackshore, sus manos se juntaron. Se detuvieron en un beso y se adentraron en el parque cogidos.
Llegaron a un lugar en el que encontraron a un grupo de jóvenes. Estaban plantados alrededor de un banco, eran siete. Rodearon a la pareja: por su aspecto gótico les empezaron a increpar:
-¡Qué pálidas caras! ¡Os vais a quedar más pálidos!
-¿Qué lleva, una lágrima pintada?
-...
Les golpearon y, en el suelo, les patearon con sus botas militares. Una patada abrió la cabeza de Isobel, que murió al instante. Desde el suelo Ian vio sólo una cosa: la camisa blanca de Isobel ensangrentada. La vio con toda claridad, aún con más claridad que la real, sumido como estaba él en el dolor y el caos de la violencia. Vió un blanco extremadamente brillante profanado por el rojo de la sangre. Eso vió, y salió de él un grito terrorífico, que hizo alejarse a toda la banda, mientras él quedaba inconsciente, en el suelo, junto a la novia muerta.
III
En la otra parte de la ciudad se localizaba el parque de Bighorn. Días después de la tragedia los mismos siete jóvenes se acercaron a una vieja mujer, burlándose de ella.
-¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste?
La vieja levantó la cabeza, se abrió la antigua gabardina y sacó una ametralladora que había pertenecido a su marido muerto, rociando a balazos a los jóvenes. Acabó con todos.
La mujer se retiró unos pasos y, sentándose en un banco, dejó caer la ametralladora. Un rayo estallaba en la noche; empezó a llover a cántaros. Y a la señora Benn se le apagaron finalmente los ojos.
(En honor a Sophie Lancaster, y a las víctimas de las agresiones de grupo.)
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