martes, 15 de diciembre de 2015
El escrito
Hoy te he visto renovado, con una mirada nueva, saciada, completa. Como por primera vez, creo que es la primera vez. Hoy le estaba leyendo, caballero, y he podido tener la grata certeza de que ha dejado usted la máquina de calco: que ha dejado usted de copiar a Poe y a Duras, ha enviado a todos sus supuestos maestros de la academia a paseo y ha encontrado algo que decir: señor mío, hoy le he visto desarrollar una idea. No le he visto últimamente y no sé bien lo que le ha hecho encontrarse sinceramente ante sí mismo y oírse hablar, pero quiero decirle que me ha sido un grato placer, y más, una emoción, seguir sus líneas. Puro pensamiento, sólo pensamiento: un torrente. No parece que le haya resultado difícil en absoluto cabalgar sobre el tramposo amigo, la lengua que le imponen: más bien ha volado usted sobre ella, con pies ligeros, en un paseo genial, transmitiendo (diría que por primera vez, repito) algo propio, no el último sucedáneo de moda ya. Creo usted también habrá notado algo en este sentido, seguro: no sea avaro, repítalo, vuelva en alguna ocasión a desplegar las caricias de su intimidad. Seguramente hoy ya lo sabe: no tiene nada que vender, sólo buscar una vía, una salida. Señor, he visto hoy en usted a un buscador, a un necesitado. A un hambriento: a alguien con la carencia, pero la suya, auténtica. Hoy ha trazado usted los caminos de su grieta: no sea de los que niegan cobardes, habítela, si me permite expresarme abiertamente. Vuelva, la grieta volverá a usted, ya no le abandonará: hoy mira usted, lo sé, de otra manera. Respire y escriba así entonces: ¿cómo si no?
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