Me considero bastante extremista en lo creativo. Trato de llevar las cosas al límite, a mi límite. En la escritura violentar el lenguaje; en la música, fuera del ritmo secuencial y con disonancias; en lo visual, mostrar el exilio, la lejanía, la ausencia. Trato de conectar con mi límite: a eso llamaría profundizar.
En las relaciones personales lo único que pido es que me dejen tranquilo. No llevo las relaciones al límite: no hurgo en los sentimientos ni en la conducta de la gente porque, en el fondo, pienso que toda acción es vana - si no vanidosa. Nos veo como sombras sobre el lago o pantano, quizás como marionetas, robots o payasos. Porque ¿qué hacer? ¿ser generoso, quizás? A ese carro se apunta casi todo el mundo... porque llegados a cierto punto (no ya "arrastrados") todos preferimos dar que pedir: es más bonito, es más llevadero. Claro que tampoco sabemos dar: ¿quién no espera contemplar una respuesta a su donación? Era obvio: en estos tiempos, mejor dar limosna que pedirla. Y darla con creces: porque el que siembra recoge: no por dar; por recoger, pues.
"Don perfectos" se ven bastantes. Recuerdo unos meses en una granja de desintoxicación: había competencia por ser el mejor, ni el mínimo error se permitían en la maquinaria cotidiana, en sus "juegos" en la granja: ¿si tan perfecto eres por qué estás en un sitio como éste? Perfecto en la discoteca, perfecto en la granja: y es que tomamos la propia vida como la realización de una obra de arte, cuando quizás serían más acordes a su realidad unas obras de demolición.
Veo marionetas: conserva tu mísero status. No te reiré las gracias, déjame en paz.
Foto: Nacho Millet
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