sábado, 23 de julio de 2016
Escrito inacabado
Recuerdo cuando hice mi primera novia, en 1993. Era coruñesa: vivía a 1018 kms. de mí. Yo tenía 19 años. Era su segundo novio, ella tenía 23. Un amigo me diría que el amor a distancia no podía funcionar. Así fue. Duró nueve meses la relación.
Luego no hice un amor con el que no «vivir a distancia». No tuve hijos bajo el mismo techo con ninguna mujer. No me casé. Los hijos ciertamente ligan al hombre y la mujer. Cogen cuatro paredes, un techo... y se meten a vivir ahí. Hace muchos siglos que ha sido así, los cavernícolas no debían hacer algo muy distinto. La institución de la familia es, como es sabido, milenaria.
La vida pasa volando. La vida nos pasa, me pasa. Ese joven y esa joven que se casaron y que se sometieron al ritmo de la familia que habían fundado, a sus pequeños, fueron experimentando lo que es ser padre, madre, yerno, nuera, cuñado, cuñada... Vivirían familiarmente, cuando no estuvieran en el trabajo que vivirían laboralmente.
Muchos de nosotros vivimos rebeldemente nuestra juventud. Eso, personalmente, pienso que puede llevar a dudar de la familia como institución apta, adecuada. Creo que algo en mí ha dudado, o más allá, siempre, y seguramente por eso no he fundado ninguna. Oportunidades las he tenido, no muchas, pero las he tenido.
Ahora me daría miedo traer hijos al mundo. Demasiados «peros» le pondría a esa acción. Pero dejemos este asunto aparte.
Muchos de los miembros de la nueva familia que se había formado, pasado los años... se cansan. Juzgan la aventura en la que se embarcaron, unos voluntariamente (los padres) y otros (los hijos) no tanto, y piensan que se han metido en un tinglado que no les satisface plenamente. Es más: muchas veces piensan que vienen pensando, o al menos intuyendo, esto mismo desde ya las primeras fases de formación del núcleo.
Estoy empezando a aborrecer este escrito, así que si lo deseas continúalo tú mismo, consulta a la almohada.
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