sábado, 5 de marzo de 2016

El dolor


Podría pensar que es el desprecio que siento por la vida el que me hace no tomar la decisión de autodestruirme. No querer darle ese gusto a la realidad cruda y hostil, cruel.
¿Principio de autoconservación? ¿Sobrevivir? Sí, cierto miedo y cobardía hay, debo reconocerlo. Porque, con los años, la vida se ha hecho mi punto de vista. Y una vida reducida, una vida menor.

No todo es cobardía. He soportado grandes dosis de sufrimiento. He superado el infierno, debo decírmelo con cariño.
No te odies. No seas del todo injusto contigo. No estás siendo justo, no preciso. ¿Te agredes por placer? ¿Un masoquismo quizás? Escuchas el dolor. Los latidos que escuchas son los que escucha el médico en la observación diagnóstica, en el frío blanco de la sala. Creo que estás siendo demasiado injusto contigo, nada preciso. ¿Has pensado que quizás no eres tan sólo esos latidos en cuarentena?

No te rindas. Que no te den las sobras. Tú vales.

En el valor no me reconozco. Me reconozco en la inacción. Matar el dolor, aliviarlo.

¿Qué dolor?

Este dolor. Y éste. Y éste. Y éste.

Todo es una cuestión de enfoque, deberías quererte más.

Mi destino es no quererme. Mi destino es la negación, el rechazo. Del mundo, de mí también.

Creo que no estás siendo muy justo contigo.

No hay salida. Tú no me la indicarás. No hay transmisión.

A veces la hay.

Querría que una vez la hubiera.

Cierra los ojos.

No puedo.

Puedes.


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