lunes, 6 de junio de 2016
Polémica
En una discusión llevar el razonamiento hasta sus últimas consecuencias y ver que se sostiene el tuyo -tu razonamiento. Ver que esa discusión toca al público, aunque sea como testigo, y ver que se quieren introducir causas morales ajenas a lo referido en el tránsito. Una discusión dialéctica se ha transformado momentáneamente en un juicio de valor contra el vencedor de la polémica.
La gente suele desviarse hacia tal destinación. No se limita a atender al rigor dialéctico. No tiene en los poros el placer de lo que decía Wittgenstein: si es A, tiene que ser entonces B, y luego C y también D... Qué belleza hay en ese trayecto vertiginoso. ¡Cuántas horas de rigor, de tranquila meditación, de método se diría, de lectura silenciosa, de reescritura de lo leído... tras ese placer! El placer del pólemos... el acto psíquico que confronta al enemigo, sabedor de que siempre hay partes; se toma partido. De que siempre está al acecho la postura opuesta. El arte de los sofistas, pero también el de Platón, Sócrates o Heráclito. Cuando el filo de la filosofía pone en entredicho su filia. Porque a veces para lograr una amistad (una filia) hace falta generar cien enemigos, setas en el bosque tras la lluvia.
Se defiende como por una ofensa... Hace el giro hacia lo moral, hacia el juicio de valor. Y ahí ya se le puede clavar el puñal al pensador, hacer beber su cicuta a Sócrates, derrotar al pensamiento, por el poder, porque se puede, o eso se creen a veces. Puedes romper relaciones por defender tu postura. No obstante, hazlo. Es lo único que tienes, lo que te valdrá la pena.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario