miércoles, 27 de abril de 2016
El alma y la tristeza
Hay quien piensa que el alma puede divagar en la tristeza. Yo pienso que no: pienso que el alma en la tristeza sólo puede sufrir, llorar huecamente o chirriar. Pienso que el alma en la tristeza implica la carencia de su actividad, de su potencia; de su operatividad, de su funcionalidad: dicho de otro modo, de su ser. El alma en la tristeza es la negación de su ser. ¿Y qué es su ser? movimiento, navegación, construcción mental, psíquica (alma proviene del griego psyché, como es sabido). Más o menos veloz: desde el trance, el frenesí, la revolución hasta la lenta divagación y desarrollo pausado, tejido con cautela y precisión. Estas actividades que hacen del alma ser lo que es requieren otra cosa, pienso yo, que la tristeza: desde la calma serena que propicia la contemplación, por ejemplo, a un budista, hasta el éxtasis que solicitan artistas y novelistas, como Nabokov hace, para crear, para trabajar en la obra. Pienso yo que el alma en la tristeza muere temporalmente, se apaga como una vela, deja de ser... no persevera, por un tiempo, en su ser. Se entrega a la nada, y es ésta la que divaga, y no el alma. Que ya no está; que, por el momento, no está. Desaparecida. Así lo veo yo. Si hay divagación en la tristeza es la de la nada, que -como dirá Heidegger- «nadea» . No, el alma sólo sabe afirmar. El alma, pienso yo, se corresponde con lo vital. Así hay una etimología que relaciona al alma con el aliento, el aliento vital, que dirá Bergson. El alma no tiene aliento cuando chirría, está entonces ahogado. Y ha cedido sus quehaceres al ahogo, la mordaza de la nada, la negación. Es entonces que está triste, y no compone, sino que, desintegrada, participa de la desintegración, de la nada. Pero eso no es divagar: la vagancia, la errancia conlleva todo un arte del movimiento: no confundamos la errancia con la negación. La ociosa errancia no surje en la tristeza... Añadiría que dónde surje el divagar, la navegación errante, es en la risa silenciosa, en la claridad de un ojo sutil que ríe ante lo que ve, presa del humor. Es el alma entonces como humo caprichoso de un cigarro, y es por ello que sin humor no hay errancia lúcida, sino sólo choque con el ego iluso de la nada, la negación de vida que se ha hecho sujeto: esa es la cadena a la que pienso ata la tristeza, a un yo ilusorio identificado con la nada. Es noche, pero noche ciega; no la noche de las estrellas que se envían las señales, que recorren los espacios infinitos de una noche cargada de cosmos, cargada de vida. Es en la noche cósmica en la que se divaga, en la risa de las correspondencias, y no en la tristeza aniquilante, aniquilada. Lo sutil es vivo, la tristeza es muerte. Se divaga en lo abierto, se está triste en lo cerrado. Se ve y se tiene voz en la vida: sólo en la carne de la muerte se calla y no ven los ojos, no funcionan. La tristeza es la falta de lucidez: es el insuflar -como tóxico- muerte en la vida, cuando ciertamente cuando hay vida, la muerte no ha llegado aún. Pensar que la vida no vive es confundir lo sutil: otorgárselo a la muerte, cuando, aun siendo lo sutil oscuro como el cielo nocturno, es la vida, es el aliento.
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