martes, 26 de abril de 2016
La tempestad
Una tempestad vino. Yo era un letrero en el cielo.
Albergue perdido en el atardecer: los bosques de agua.
Licores que beber en el cielo cubierto de flores. Neblina fría, tarde de avellanos.
Llorando oro no pude beber el viento del hijo de la sombra.
El amor permanece, dormido: se evapora en el cielo verde.
Olor en las charcas. Taller al sol en mangas de camisa: los carpinteros, los árboles.
Venus en espera del baño de mar: trabajaron los licores y el arcoiris temblaba.
Pintará cielos en la falsa ciudad, en sus desiertos. Mar para doce, alma coronada.
Tranquilo musgo allá, antigualla alquímica.
Sencillo hábito alucinatorio: una mezquita, una fábrica, unos tambores.
Caminos en los salones del cielo, un lago al fondo.
Expliqué el ruego; se alzaron mis espantos ante ti.
Abiertamente acostumbrados, animales de carácter agrietado, sedientos, vienen ya, que vengan enamorados sin tiempo, al agua que beber, vienen.
Cuando pasa la tempestad, y el cielo limpio desaparece en fuga.
¡Tuve tanta paciencia! ¡Olvidado! Sufrir, sufrir.
Y la sed malsana se marchó: al cielo de venas oscuras, de bosques de agua.
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