miércoles, 20 de abril de 2016

El nombre


El joven aislado necesita el amor. No me refiero a un joven cualquiera sino a un joven afín a mí, que escribo, con cuarenta y un años de edad. No me refiero a un amor cualquiera, me refiero a la mujer. Aquélla que para el joven era la mujer Ninguna de Mallarmé, a la que había soñado y anhelado tanto como el poeta. Su mujer Ninguna, la del joven, tendría que hacerse alguien: tendría que tomar cuerpo, alma, nombre. Él tendría que llegar a conocer un día, en un encuentro fortuito, ese nombre, para decírselo a sí mismo, para acostumbrarse a él en su oscuridad, para acariciarlo. Para nombrarlo de nuevo, con una luz desde la cual nunca había sido nombrado antes. La portadora de ese nombre tenía que venir para salvarle. A él, al joven explorador que atravesaba el infierno, la locura, la crisis profunda de personalidad y razón. A él que temblaba, vendría ella a darle un sostén, un equilibrio. Con los años, no ya, el equilibrio del tiempo: el equilibrio del reconocimiento: un espejo se le tenía que regalar al joven. Sólo Ella podía estar en el espejo. Sólo él podía atravesarlo, para tocarse: tocándola - juntando las yemas de sus dedos a las yemas de los dedos de Ella. En el espejo transfigurado, soñado. En la lluvia. En el cristal velado, y atravesado. El joven tendría amor, y de él nacería la luz para sus ojos. Las manos del joven se harían firmes, con el tiempo; no ya blandas. Podría luego tocar, agarrar, coger. Los ojos podrían mirar, ver. La mente... ya no chirriar, ya no gritar: navegar; navegar al viento que le dieron los ojos de su amada. En el espejo. La amada que tenía que venir, ¿cómo si no? Que tenía que, salvándose ella, salvarle. En la salud, no en la salvación. En esta tierra, no en aquél cielo. En esta mano, no en aquellas mentiras. En este aliento, en su abrazo. Lo que el joven necesitó, tenía que venir. No un joven cualquiera sino él, tú, yo. No hay destrucción. Todo permanece, todo se transforma. Que suene la música, que suene.

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