lunes, 2 de marzo de 2015

Inmunoética, 4. La fortaleza de lo ligero


¡Aire! Sentir una brisa. Convertirse en esa brisa, y trasladarse. Y repetir la operación: la operación se repite. ¡Ligereza!
Sin cargas. No cargar: he ahí la salud, el grato don.
Igual que el aire se contamina por el humo de los coches, de las fábricas, nosotros, como brisa, como individuos ligeros debemos ir siempre prevenidos, previniéndonos ante los tóxicos pesados, que nos pueden hacer caer, que nos pueden hacer graves. La ligereza debe ser defendida, pues hay tóxicos, hay pesos, que pueden hacer de ella un cuerpo grave, pesado, en caída. He ahí pues que debemos crear una fortaleza, un sistema de defensa preventivo ante las intrusiones tóxicas. Porque no somos siempre ligeros, no somos necesariamente ligeros, ni necesariamente pesados: oscilamos entre ambos estados. Debemos evitar al enemigo, al intruso, que se carga sobre nuestras espaldas y nos precipita en la grava del asfalto, en lo grave. Debemos transmutar el metal en oro, o mejor en aire: lo evanescente, la disolución…
El término no debe prestarnos a confusión: la fortaleza no debe ser pesada, grave ni estática como un castillo cerrado en sí. De aire deben estar constituidos esos mecanismos defensivos, pues aire es lo que entonces hemos llegado a ser: se trata de no oscilar hacia el polo de la gravedad, se trata de mantenerse en lo propio en lo que nos identificamos, como ante un espejo vacío con un ojo vacío, o más que vacíos -pues si hay aire, si hay brisa, no hay vacío- invisibles. Señales surgen de lo invisible: señales que son las de lo dinámico a la vez que las de la repetición, lo perseverante -el retorno: como aire debemos perseverar en nuestro estado, o dicho de otro modo, el aire debe reinstituirse a cada momento, a cada presente que pasa: a la vez, dura. Y esa duración, ese lapso temporal deberá reiniciarse, y también durará un tiempo; y así hasta caer en lo grave, en hacernos pesados. Pues no podemos ser siempre ligeros, como el aire se evapora, se transforma en nubes que precipitarán sobre el asfalto para volver a evaporarse. Pero después de la tempestad volverá la calma, con una nueva ligereza -la de la nueva evaporación- regenerativa.

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