lunes, 2 de marzo de 2015
Pensamientos sobre la droga, 3
Cita Antonio Escohotado en su Historia general de las drogas el principio del alquimista renacentista Paracelso según el cual sola dosis facit venenum (sólo la dosis hace el veneno), sentencia que viene complementada por la de que “todo es (puede ser) venenoso”. Según esta tesis se trata de lo que llamamos comúnmente “evitar el exceso”. Una dosis suficientemente pequeña no será dañina; una dosis que supere un límite determinado puede llevar al consumidor al envenenamiento o en términos más actuales, toxicidad; “toxicidad” en el sentido de generar un mal para el cuerpo, para el organismo del individuo, en el sentido de una corrupción, degeneración y descomposición que quizás sea entonces irreversible: entonces el mal ya esta hecho, el veneno ha triunfado sobre la salud. La salud es así entendida como fortaleza a defender ante el intruso o invasor tóxico. Una ética entendida de esta forma estará asociada a una inmunología, a una teoría inmunológica de uno mismo, del mundo. Parece interesante, sugerente. Cuando yo -hace años- llegué a interesarme por esta cuestión -sin conocer todavía el principio paracélsico ni tampoco tener presente una concepción inmunológica- lo hice proponiéndome a mí mismo el pensar lo que llamé una lógica de la adicción. Es por eso que la droga, aunque tenga interés evidente para ser pensada en su realidad (psicológica, ética, política,…), me interesa más desde este enfoque, como concepto, parte de una constelación de conceptos que desarrollarían una ética ocupada del cuidado de sí, del cuidado de uno mismo -función principal de las éticas surgidas desde tiempos inmemoriales, y que quedase puesta en un primer plano de la filosofía de nuestro tiempo, como se sabe, por la obra desarrollada por el filósofo francés Michel Foucault, explícitamente, durante la última década de su vida. El cuidado de uno mismo no nace con Michel Foucault, claro, y él no lo pretendía, pues precisamente lo estudió en la historia de las culturas griegas y latinas (para después quedar su proyecto inconcluso, con su muerte, en el estudio del mundo cristiano).
"Todo es venenoso" (Paracelso): el mundo civilizado actual está, por dominar el actual capitalismo altamente tecnológico, movido en buena medida por ataduras gestadas para el consumo de múltiples productos, servicios. Se pretende atar (-¿quién? -los productores; las multinacionales, los Estados,…) al consumo de diferentes productos que se van sucediendo con los años, con los tiempos. Para ello se trata a su vez de atar a diferentes formas de consumir, a unas formas de consumir determinadas, dadas, enfocadas al desarrollo de ese mundo capitalista avanzado en el que estamos inmersos: esto es, dicho con otras palabras, se crean deseos -y junto a los deseos se tendrán que generar los valores apropiados a tal empresa- con el fin de que lo que las masas vayan deseando sea lo que se les irá ofreciendo. Una publicidad -tenemos entonces- ha creado el deseo, nuestro deseo, mi deseo, tu deseo. Esa publicidad no es sólo un anuncio de la TV o un cartel en una esquina. Está en los poros, en el aire, en la forma de pensar, o de dejar de hacerlo. Crear deseos también comporta crear formas de pensar (o de anular el pensamiento). En definitiva, tenemos una ética creada por otros, cuando por definición, o cuando menos históricamente, la ética debería ser esa intimidad en la que el individuo se gesta, se construye a sí mismo; la ética implica la construcción y gestión de la propiedad, entendida esta "propiedad" como lo propio en uno mismo, lo propio que, en este sentido, hay que construir e ir descubriendo en la construcción, en la propia creación de si. En este sentido se puede decir que la ética es -su función es-, perseverante. Mucho hay de cierto -según lo que voy describiendo- en el mundo actual, pues, en las palabras de "todo es venenoso": lo tóxico está incluso en nosotros, como desde una perspectiva no muy lejana y diría que afín dice Gilles Deleuze que debemos denunciar y tratar de exterminar los microfascismos en nosotros mismos, en nuestro interior.
He dicho ahora “exterminar”. Y ya tenemos una figura de nuestra virología, de nuestra inmunología: el Exterminador. Este personaje fue ya creado en una literatura, en la de William Burroughs, con su obra Exterminator! - decir que Burroughs entiende el lenguaje como un virus de un espacio exterior, y el pensamiento racional como aquello que hay que tratar de exterminar; y esto no deja de entenderlo sino dentro de la perspectiva de la sociedad de control actual, en la que unas mentes tratan de controlar y dirigir la voluntad y la mente de las masas, de los individuos, del pueblo. Vamos dibujando el mapa, el cuadro del tóxico, del veneno. Bajo estas premisas que hemos ido esbozando podría nacer quizás una inmunología, una lógica de la adicción.
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