lunes, 2 de marzo de 2015
Pensamientos sobre el anarquismo, 1 (12 de septiembre de 2014)
Semanas atrás estuve buscando diccionarios interesantes en la biblioteca y uno de los que encontré fue un Diccionario anarquista de emergencia. Convergentemente ayer fue la Diada de Catalunya (11 de septiembre), lo que me hizo salir a disgusto de casa -cuando alguien me hizo caer en la cuenta del día que era- porque ya me veía que iba a ser un “día político”; podrían haber confrontaciones, cuando menos verbales, nervios, etc.; tampoco los patriotismos me gustan. “Ni patria ni bandera”, y hay quien compuso un pareado con patriota, que no vamos a reproducir aquí. En todo caso, yo que vivo en Mataró y soy nacido en Catalunya soy objeto de la polémica que entorno al independentismo catalán se viene generando: las balas me pueden alcanzar; y es que si hay balas yo estoy entre dos fuegos, porque si no me interesa ser gobernado por PP o PSOE, tampoco querría ser gobernado por CiU, ERC o quien “moviese el cotarro”. En todo caso, he comprobado que no me interesa la sujeción a estado alguno; ya hace tiempo que pienso eso, desde los tiempos en que me empecé a hacer partícipe del Imagine de John Lennon -media vida (toda la de adulto, en la medida que lo sea, seguro). Como la realidad que veo es tal sujeción, como no me creo con poder de intervención transformadora de la política de naciones (no veo que se plantee un referéndum mundial sobre quiero-estados-sí-o- no; tampoco me interesa la acción violenta, soy pacifista y cobarde, si se quiere), me veo limitado, transportado a la esfera de lo utópico y del surrealismo (como focalización refractaria de esta realidad a la que doy, como en el título del libro de George Grosz, un “no mayor”). Si a esta negación de la autoridad de la realidad generada por la política de los estados se le llama anarquismo creo que no me equivocaría si me definiese como anarquista, lo que haría de ser legal definirse así, pero como no estoy seguro de la legislación sobre la libertad de expresión en Occidente, en este caso Catalunya y España, y como cosas peores no hay que ir muy lejos para verlas, voy a ser prudente o cobarde, y no me voy a definir con ese término. Pero la cuestión es otra, pues si de lo que se trata con anarquismo es de algún grupo político identificado yo no me identifico con él pues, como dice Groucho Marx “no entraría a formar parte de un club en el que se me aceptase”. Bromas a parte, mi anarquismo, como he dejado entrever, no es colectivo, puede que muchas individualidades lo compartan conmigo, pero esa suma de partes jamás dará un todo objetivable: la utopía no es objetivable, la cohesión es cosa de lo real. He visto con placer en el diccionario que soy un ácrata (también si es legal; salirme de la ley por estas cuestiones quizás insignificantes me parecería embarazoso, lo que no valdría la pena -entiéndeme, por favor, lector: y es que ante lo embarazoso suele alzarse la cobardía o la comodidad). “El mayor desprecio es la indiferencia”, dicen. Yo no pondría bombas como aquellos anarquistas famosos que fueron denominados terroristas. Volvemos a que soy pacifista: por qué derramar sangre de una vida que vale igual que la tuya -vale igual que la tuya- por una causa; si te ves lanzado a suprimir una vida por algo que piensas piensa antes si no es cobarde, si lo valiente no es más suprimir primero la propia, que vale lo mismo que la otra, y, de ser varias, menos; esto que estoy diciendo creo que es legal, aunque no mucha gente lo escucha, aunque Bob Dylan pensase que los tiempos estaban cambiando. En todo caso, no cambian a la velocidad ni, quizás, del modo que el joven lo pensaba. Soy individualista en política, como quizás soy unos cuantos en ética; al modo del anarca creado por Ernst Junger en Eumeswill, o incluso cercano al banquero de Pessoa (El banquero anarquista). Empieza a ser usual la expresión de ser apolítico, que puede ser más suave históricamente que la de ser anarquista. En todo caso son afines.
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