lunes, 2 de marzo de 2015

Destrucción de la metáfora del ajedrez (septiembre de 2013)


Ahora hace cuatro años que murió mi padre. Padre de cuatro hijos, descansa en este momento entre los muertos. No creo que pueda decir ya nada, ya que no creo que los muertos puedan decir, en todo caso escuchar, en todo caso esperar. Y en todo caso ya hace tiempo que es pasto de los gusanos, desde que lo destinaron al área reservada de los muertos. Mi padre era un hombre interesante, es por eso, obviamente, que esto estoy escribiendo. Pero ¿buen hombre? Buen hombre, que es lo que a veces algunos esperamos de la persona, de la gente, eso, no sé si él lo era. Cierto es, nada es ni blanco ni negro, grises, escala de grises, aquí y allá. Pero, ¿y la agresión?, ¿y la agresión premeditada? Mi padre, él, buscaba dominar, dominar al ser querido, a los hijos, a mí, que me tocó ser su hijo, uno de los cuatro que tuvo, el último, con mi madre, prematuramente fallecida -y haberlo sido no me causa sentimiento negativo alguno, globalmente hablando, totalizadoramente hablando.
Era un dominador; ¿se puede decir, por tanto, que era un agresor? Yo soy de esos, sí, soy de esos, que eso creen. La ecuación es que dominar es agredir, oprimir, limitar, tachar, minusvalorar, despreciar. Y es en ese sentido que afirmo -porque creo poder hacerlo, creo que mis fibras íntimas y la inteligencia que ha quedado pueden afirmar- que mi padre era como Saturno, como Cronos, un devorador de hijos. Pero no era inmortal: él yace sepultado, yo todavía doy brincos, lo mismo que miro, a veces, hacia la sepultura, y más allá, quizás.
Mi padre era vigoroso y fuerte, viril, pero ¿tenemos derecho a gobernar, dominar y mandar? Esa es para mí la humana y divina cuestión que cada uno, en su intimidad, debe afrontar con premura, como una presencia sólida, aunque quizás sea una cuestión sin respuesta clara, una cuestión insoluble. Pero, en todo caso, tendrá una respuesta, la ética, la conducta que dirigirá las tendencias, los más o menos firmes pasos de cada uno.
"De tal palo tal astilla", se dice, no sé si con más o menos razón. Me parece bastante claro que mi padre y yo tuvimos una fe diferente con la que movernos con respecto a la cuestión de la dominación. Él sí, yo no. Mi afirmación, en todo caso, es otra. Quizás sea en relación a la muerte prematura de mi madre que mi afirmación sea la de la ausencia más que la de la presencia, la del gesto más que la del paso firme, la del silencio más que la de la apisonadora; y es una cuestión filosófica, claramente, la del vacío, el viento, o el clavo, la piedra crucificada. Y sobre esto, sobre todo esto, podemos decir más cosas, y las decimos, de hecho, con cada aliento, con cada muestra. ¿Y mí padre? Si lo intento le veo -y así lo prefiero- reservado como era, y como soy, pero de mi lado, con mis cosas, que son una sonrisa eterna suya, también en sus ojos ya vivos, y locos, ya no dominadores.
Muchos valores, respecto al entorno y el mundo los hemos compartido, si no juntos, al menos sí más allá, lejos, muy lejos, allá en nuestras reservas humanas: algo hay de maestría si hay de aprendizaje. ¿Y la partida? Al carajo con ella; la quemamos, y salvamos el fuego radiante, que será ya cenizas.

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