lunes, 2 de marzo de 2015

Los pasos (octubre de 2011)


I

Fin del amor. Se ha acabado la carrera, la experiencia del amor: única. Ya no más amor. Ni hijos - pienso que sólo han de nacer del amor, que ya no está. Ni estará: el abandono. Lleno, del amor, vivido. Vacío, que se muestra, nace, mira, piensa, calla. Callará el fin y la memoria del amor. Indestructible, sí: cristal indestructible que ve, que yace, calmo, silencioso, callado. Quiebra de la acción; en la brecha, en el resplandor de fondo dorado, las sombras, palabras del abandono. Al fin, la definición. Disolución. Y un loro descuartizado o el fraude del oro incoloro: la gran pausa, la hoguera sacrificial, un nuevo viento, los colores pálidamente iluminados, trazos de la ruta. Ruta por venir, al fin. Ocaso de las conexiones; el abanico de un dolor transfigurado, silencio de la construcción, un paso amortiguado, cayendo en el vacío. Cambio. Traslación de los motivos. Espirales de la transgresión. La ruta, de nuevo, las rutas. Quiebra, cayendo, calma. Abandono. Ajeno, propio, ajeno. No más ajeno: lo mío, propio, la visión mía. Y otra, otra. A tientas, en trance, ciego perpetuo. Y la visión, pero la visión, mía. La mirada y el ojo, míos. El ojo tachado, pero mío, que se aleja. Lo deja, el abandono, la traslación. El rumor del tiempo, se niega. Un atajo, un atajo mínimo. Inútil, impotente, pero un atajo del otro transcurrir. La vía atravesada. El transcurrir otro, el lento transcurrir en el otro. Fugacidad, brillo, la calma. Pasa, está pasando, los pasos. Lentos, pero, sí, persistentes. Y callados; sigilosos, transeúntes, en la rueda del intervalo: en el ínterin, la aguja, el cable, el recuerdo, la ruina del cable, olvidado, por no pensar, y por pensar también, rodeado, envuelto de desencanto, en las fronteras, los límites. Justo al margen, del estado de sitio. Mas allá, sí, en el viento, en la brisa, en la carne, vacía, tendida, en suspenso. Vibra, brilla; y se deja, se deja morir, no, cambiar, se transforma, y no llega, nunca, nunca llega a concluir. Y las sombras que cambian, pasan, donde está aquel, u otro, árbol perfilado, en el camino, en el que el polvo que se ha levantado es más, es más que la huella de unos pasos. Lo que los pasos dejaron, y donde fueron, los pasos. Los pasos, uno tras otro, o encima, o detrás, pasando por delante del cine clausurado, hace ya tiempo. Y la rueda gira, pero ésta lo hace en la clandestinidad, en la sombra, estática, en la pausa, donde los ojos que se cierran, descansan, por un momento, por una vez. Este momento, esta vez, mientras dure este sonido, fiel y extranjero, como tú, como yo, como las palabras en un viento, desconocido y distante, aquél que un día, cuando hicimos unos votos aún por hacer, decidimos, nos encontramos decidiendo, en un lugar y tiempo aún por determinar, que era nuestro, que sería nuestro.


II

La escopeta apunta, un punto. El proyectil se lanza como un torbellino hacia el objetivo que, en mil pedazos, estalla. Y ahora te empiezo a reconocer. Te empiezo a reconocer como un trazo que se hace firma, y las líneas se intercambian, se entrechocan, y una minúscula luz desborda el cuadro, encarnándolo. Estrella fugaz y poblaciones del desierto. Todo brota, lo digo así, todo brota, sin mí. Sin el desierto, que es su hábitat. Que soy yo. Callado, brota, como en una película callada. Y yo, atiendo, esto es, atiende, él atiende. Y surgen tribus, y rutas. Y las rutas rotas; y se quiebran, y se yerguen, como un ojo pálido y perfilado, al que miro, lejos de lo marcado e identificado. Lo impuesto es desechado, aunque ese algo seas tú, o yo. Lo impuesto fallece guillotinado; y queda, ¿qué queda?: eso, el reloj guillotinado, la sombra desconocida, el ojo diseminado del silencio, del que brotan todas las voces, voces que callan, transitan, figuran y, en el mismo gesto, en la misma lágrima petrificada, disuelven. Marcan el paso -lento de una ruta cerebral- de una inexistencia, de un límite: un paso, dos; la siembra, el reajuste, el encuadre: los vértices y los márgenes, siempre ausentes, como cuando el pincel es el vaso que se rompe -lo disgregado, el tránsito. Y el cuadro, en el horizonte, inminente, de las voces tuyas, que niegan, descuartizan, aman, acallan, y roen, en el tatuaje del silencio, de la calma, lo informe.


III

No empuñes la pistola si no vas a disparar. ¿Busco un arma? ¿Me sirve de algo, en esto que parece una escapada, una fuga? ¿Abolición de todo lo real? Quizás no. Un poquito de real. ¿El cristal difractor es el arma? Quizás sin infractor; la difracción de lo real. No hay ley, no hay -por tanto- infracción al respecto. “Nada es verdad, todo está permitido”. El exilio, una vida humana. Totalmente permitido. El signo de los tiempos. El signo de lo - ¿ausente? El margen; la presencia del margen. Nadie te dice que permanezcas así, sentado. Ni la manera de aparecer. Nadie te dice. Nadie, a ti, que deshaces las conexiones. De hecho, tampoco nadie te dice: “un hecho”. Tú los difractas, los hechos; tú la excluyes, la realidad. Al margen, permaneces, un hecho y un ojo negados, un hecho y un ojo excluidos. Dibujas ese río, ese rumor silencioso, cristalino. ¿Y el arma? No, no es un arma. Un escudo, una cápsula, un espejo difractor. Con el espejo hablas, ya lo sabes, voces, las voces del silencio definitivo; la definición, la disolución, también: callada, callas en la espera, en una espera sorda, que no oye, que no espera; que pulsa el detonador del silencio, que todo lo abarca y todo lo huye. Vacío, tranquilo, irreal; irreal pero no como el hecho, identificado, sino irreal como el viaje y como el sueño, como unas -ésas- campanas que, ausentes en su lejanía, retumban: hablan, callan, disgregan, esfuman. Como humo te pierdes, hecho; y yo que -otro- permanezco, y transito, entre los pasos, más allá, donde explotan, resuenan distantes, al margen de lo visto, de lo soñado; al margen de todos los pasos, de todos los caminos, en la lejanía muda ya de tus pasos ya idos, ya en las sombras excluidas y -con un leve gesto- negadas en el olvido, transitorio y huérfano, expectante y diáfano, como el río cristalino y desarmado. La vibración y el brillo también están permitidos, en este sueño irrealizable por conciliar, por desatar.

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