lunes, 2 de marzo de 2015
Señora Miseria (julio de 2014)
Soy un loco que utiliza la moderación. Deleuze habla en algún lugar, moderadamente, de la necesidad de “una pizca de esquizofrenia”. Yo invertiría los términos, para hablar de la necesidad de una pizca de moderación. Y hablaríamos de la moderación como simulacro (de moderación), como de someterse a lo real como simulacro de realidad, inmersos entonces en un gesto manierista propio de la locura. Ser loco sobriamente, seriamente incluso. Yo la realidad la utilizo, como materia, como ingrediente para el cocido de la verdadera realidad, para diferenciarla de lo real, que es lo que se llamó surrealidad, y que en estas líneas he identificado con la locura. La ciencia no puede optar por la locura, por la surrealidad, la ciencia lleva el peso de estar atada a -identificada con- lo real. ¡Y así no va a ninguna parte! Traiciona su potencialidad. Se aleja de lo grande. Hace una apuesta que no merece tal nombre. Esta subordinada a la realidad, que es la de lo político; tal es la política de la ciencia, tal es su impotencia. Por mucho que parezca estar avanzando, por mucho que mi discurso parezca insensato… ¡Es febrilmente sensato! Sobriamente loco, y tiernamente también. Cuando la ciencia es del hombre, humana, más impotente aún. Ciertamente encuentra el objeto que debe encontrar, el hombre, hasta ahí bien. Y es ahí que viene el naufragio, la impotencia más grande. ¿Hablar entonces de progreso? ¡Jua, jua! ¿Hablar de grandeza, de logros, de seriedad, de método científico avanzando cual apisonadora? Un hábito risible ese que se pretende colgar entonces. ¡Jua! La ciencia sólo me sirve, y lo hace, en mi terreno, fuera -¡fuera!- de su realidad, científica realidad. ¿Qué es esa realidad sino una inútil sombra, mas inútil que una sombra? En el fondo es política. Y su discurso es el de los politicastros. Así mejor huir, pero robándola. Robando las trenzas de sus desarrollos para mi mundo, erigiendo un simulacro de esa ciencia de sombras, insertando esas sombras en un bello teatro de sombras. ¡Ahí sí! Me río de cuando me reía de las paraciencias: al menos son graciosas, y con ello creativas. Es de la ciencia de la que me río y de sus instituciones serias, y de la más seria, con la que maquillan atrozmente la vida, de la llamada realidad. ¡Locura, abrázame! ¡Ayúdame a crearme en vida!, a poner unos zancos irreales con los que moverme en la vida, y no esos zapatos de la realidad triste y soberbia. ¡Que no! ¡Que no te quiero! Te uso, sí, como un cleenex, no te creo, me sirves para la loca y divina vida, para la divina locura. ¡Ahí están mis estudios, teatro de la filosofía, que sólo es una gran risa sin gato! Utilizo tus conceptos reales, ciencia, para el gran simulacro, para el gran tajo, para desenmascarar a la verdaderamente pobre, a la señora Miseria. A la sirviente que no sirve para nada, a la impotente, excrementos que fluirán por el resplandeciente water cósmico -del cerebro. ¡Celebremos pues! Estallo en la risa callada. Muertos de risa, como San Buenaventura en la tumba de su amado Dios. ¡Vaya con el Cardenal! Si el alfil del ajedrez en francés es el fou (loco), en inglés es el bishop (obispo). ¡Vuelve la mística, la contemplación siempre ha sabido dónde ponía los ojos!
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