lunes, 2 de marzo de 2015
La caricia
El respeto es la caricia del alma, la impresión de la transmisión. No es una imposición, es un gesto. No es un acto, es una potencia, empleando la terminología de Aristóteles. Y en su ser potencia, es el único acto de transmisión posible. En su ser ausencia, la única realidad efectiva. En su ser distancia, la única cercanía posible.
En su ser silencioso, es el único grito profundo.
No, no hay robo. Para vampirizar la vida no debe haber vampiro. El vampiro debe negarse en su acto para alcanzar el alimento, la vida soñada, la ilusión. Alcanza la ilusión, el efecto óptico, no la materia bruta impuesta y supuesto objeto de su robo. ¿Cómo querría robar lo que para él es ajeno, extraño, inapropiado? Pues él sólo alcanza las esferas de lo irreal. Lo cartografía. Y en esos planetas que danzan se dan los únicos pasos por realizarse, en la Galaxia Utopía, entre los escombros de la vieja materia, ya transmutada: los astros han centrifugado. El caos gobierna ya, tú lo acaricias entonces enfocando tu cámara vacía y haciéndole la única foto posible, con el respeto que lo acaricia.
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