lunes, 2 de marzo de 2015

Inmunoética, 2. Defender no es cerrarse


Una de las primeras indicaciones a la que tenemos que atender a la hora de pensar una inmunoética , una ética inmunológica (una defensa frente al tóxico) es la que nos avisará sobre la inconveniencia de cerrarnos en banda. Una inmunología no debe forjarse sobre el cerrado más o menos total sobre uno mismo. Tendríamos con ello una serpiente devorándose a sí misma, hasta la autodestrucción, un poco como Luzhin, el protagonista de la novela ajedrecística de Nabokov que, creando su propia defensa -La defensa Luzhin- termina dándose “jaque mate a sí mismo”. El tóxico sería la ética personal que trataría de evitar el tóxico externo, haciendo nacer la enfermedad desde dentro, plegada sobre sí, cuyo pliegue llegaría a velar hasta la asfixia al individuo. La inmunología es una cuestión de espíritu o, dicho de otro modo, de respiración. En el absoluto cierre se enferma, se llega a perecer: la inmunología ha fracasado en su quehacer. Ese individuo necesita aberturas, conexiones: la inmunología es una cuestión de habitabilidad en un medio. El individuo, si tiene una nariz, es para aprovechar lo necesario, el aire del medio. Dado este símil elemental, no será el único. El individuo debe tender un numero de puentes determinado que le hagan simbiotizar con el medio. Pero debemos tener en cuenta en qué lugares, en qué ocasiones o de qué maneras el medio puede y debe considerarse hostil, convirtiéndose en tal caso en tóxico. Y es que con esto partimos de una percepción definida, el hecho que en ciertas ocasiones el medio se identifica con la hostilidad, con lo tóxico. Es entonces que el individuo deberá llevar a cabo una praxis de defensa, inmunológica. También deberá tratar de perseverar en una praxis en la que se encuentre en armonía con el medio, sin transmisiones infecciosas: la permanencia perseverante en ese hábitat afín también será cuestión de la praxis inmunológica. Es entonces que la defensa (como anulación, negatividad: anulación de un ataque, de una agresión) encuentra su positividad, su aspecto o vertiente positiva -es cuando hay que construir, regar, sembrar; en definitiva, y en otras palabras, amar, actuar con amor. La vertiente constructiva de la inmunología actúa con amor, como la destructiva despliega las artes defensivas necesarias y oportunas. El ego no ama, el ego sólo se retuerce sobre sí como esa serpiente que se mordía la cola; es por ello que desde tiempos inmemoriales en todas las religiones, en todas las místicas, el amor se vincula a la necesidad de una disolución del ego, que posibilita la entrega, la expresión amorosa (que será el abrazo con el amado (Dios) de los místicos contemplativos cristianos, como el amor sufí o el ingreso en el nirvana del que alcanza el estado de Buda); facilita las conexiones, los puentes, los jardines que regar y cuidar para poder y querer habitar: la relación con el hábitat-medio que debemos cuidar como a nosotros mismos en nuestra defensa, en defensa propia. (Porque, si no queremos habitar el medio -vivir-, por supuesto ya no será tan necesaria una  inmunología como una soga). A ello deberá atender nuestra ética inmunológica, como el sistema inmune se interrelaciona con el sistema nervioso y el sistema endocrino en nuestro organismo. Las transmisiones o acciones del sistema inmune deben ser extremadamente rápidas o sumamente lentas, para trascender el ego: dicho en otros términos, tratamos de una ética de lo inconsciente, tratamos de entramados, flujos, conexiones -todos ellos producciones en el inconsciente: tenemos que nuestra inmunología se tendrá que defender del virus del ego, de la consciencia. Exterminar, cortocircuitar sus flujos. Es de la consigna de exterminio que habla William Burroughs cuando habla del lenguaje, del pensamiento racional, como virus a exterminar. El personaje conceptual del Exterminador, como ya comentaba en el apunte Pensamientos sobre la droga, 3, es nuclear en la ética inmunológica. Este cortocircuito también es mencionado por Gilles Deleuze cuando habla de la necesidad de crear vacuolas de incomunicación, en un medio en que la información puede llegar a identificarse con la denigración (la información como denigración es apuntada por Deleuze en sus estudios sobre el cine, cuando habla de la obra de Syberberg).

No hay comentarios:

Publicar un comentario