lunes, 2 de marzo de 2015
Pensamientos sobre la droga, 2
El consumidor debe saber -especialmente el joven, pero también el adulto- que el uso continuado de drogas le acarreará, junto al disfrute de paradisíacos placeres y a la abertura de puertas que adentran en vías de conocimiento, unos efectos nocivos en su propia psicología -digamos que como una medicación conlleva la droga unos efectos secundarios que lo que aquí ponderamos es que a veces son tan importantes para uno mismo como el efecto primario de disfrute. La tentación es grande, y yo -haciendo retrospectiva- no me arrepentiría de haber tenido en mi juventud experiencias relativamente frecuentes con esas substancias psicoactivas. Pero hay que considerar los malos sentimientos que acompañan en buena medida a tal transitar. Se dan síntomas de una enfermedad en uno mismo, y esto desde la perspectiva de uno mismo y no ya de médicos, familiares, conocidos: lo peor del caso es que uno no se encuentra muy bien, en ocasiones. Por otra parte, también de eso se podrá aprender, pues de todo se aprende; y se podrá canalizar una nueva salud a partir de la enfermedad, una nueva originalidad y propiedad, particularidad y singularidad a partir de la rareza enfermiza, de lo esquizoide y de lo paranoico que se habrán alimentado en el individuo. Pero tampoco aquí debemos excedernos. Con eso el individuo se verá abocado a un quehacer ético, a un cuidado de sí mismo en vistas a exprimir el jugo de sus potencialidades, domando el exceso, lo tóxico para ese individuo que todos llevamos dentro, o somos.
Habiendo encontrado su propiedad, su singularidad ese individuo ya estará dispuesto para “alcanzar los efectos por medios no químicos” (ver Pensamientos sobre la droga, 1): habrá alcanzado la disposición. El metal ya limpio podrá someterse ya a transformación, que dirían los alquimistas.
Decíamos que el sujeto encuentra unos efectos adversos: recordemos. Manía persecutoria ocasional, pero no por ello menos presente. Sospecha, lo que creo que se llama pensamiento bizarro -según tuve ocasión de ver en la descripción de un psiquiatra en mi juventud, época de la empresa de la que estamos tratando. Duda psicológica -digamos-, asociada y dirigida a la crisis de personalidad; inseguridad, e inseguridades; se puede llamar despersonalización. Exacerbación de lo esquizoide, exacerbación de lo paranoide también; altibajos espirituales de consideración. Lo primero, en los diagnósticos clínicos psiquiátricos podría llevar más hacia los casos de la llamada EPC (esquizofrenia paranoide crónica), lo segundo, a los casos de la llamada bipolaridad (trastornos bipolares). En todo caso, no obstante, como iba diciendo apostando por la regeneración paciente e inteligente, trabajo del individuo sobre sí mismo, todo este cuadro de tintes patéticos, siniestros deberemos recanalizarlo con el tiempo y una caña hacia un futuro mejor, en el que quede la peculiaridad y singularidad, pero no la desestructuración y descomposición. Debemos, deberemos construirnos, y madurar.
Dicho sea de paso, a mi modo de ver un tratamiento que trate de ayudar al individuo no debe buscar su normalización -sea esta lo que sea, parece un comodín vacío- sino la canalización de sus potencialidades, esto es, la potencialización de su singularidad y de su propiedad (lo propio en sí).
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