lunes, 2 de marzo de 2015

El don (Al César lo que es del César)


Rosa me dice que a veces se siente como si sólo estuviera para quitar las manchas difíciles de una camisa, de cualquier camisa. Que solo para hacer una comida un día concreto. Me lo dice ya hace tiempo, por tanto no es un peregrinaje frívolo, te explico, lector, pues eso yo ya lo sé. Ve un límite, y es que Rosa lo ha dado todo. La escucho como puedo escuchar a Nabokov. Hace tiempo que la escucho porque hay todo un arte atrayente en ella. No digo en nada que le pertenezca, como un saber, una práctica en la que destaque; pero a la vez digo que la escucho en algo que sí la pertenece, y ese algo no es un algo, pues ese algo que la pertenece no es otra cosa que ella misma. Querido lector, Rosa se pertenece. A través de todas las veces que se ha entregado, a través de todas las soledades que siempre ha pasado para volver siempre puntual a la cita, a esa cita que sólo ella comprende, de un modo irracional pero la comprende, es su querida amiga: su cita con el don. Su cita con el regalo. Rosa regala. Es por eso que yo la escucho siempre tan atento. Aunque mi oído se ha ejercitado en el arte de no escuchar su torrente de palabras. Aunque tenga que hacer una ligera finta, yo también acudo a mi cita. La cita con la escucha. Que si hubiera Dios habría sido la tarea que me hubiera impuesto, el castigo por mi egoísmo. Acudir a la cita con la escucha, alimentarme de la escucha. Como de aquello que no soy capaz, de ahí la broma divina, o diabólica. Sólo me puede atraer mi antípoda. Yo, que escarbo en todos los campos del egoísmo, sólo alcanzo la capacidad de la audición con una voz, me alimento de una voz, de un aliento. Y es el aliento de una persona que tiene un don superior a cualquier otra expresión, que es por lo que ahora escribo, el don del don. El don de la entrega intuitiva. La capacidad de abrir los brazos, no como un Cristo en la cruz, sino para hablar el lenguaje y respirar igual que esta flor que puedo ver, puedo tocar, pero no puedo ser. Ella puede.
Y ella me dice sentirse poca cosa por no haber sido poeta, o filosofo, o… Pero una lágrima cruza lentamente mi corazón, yo la miro de reojo, esa lágrima; y también a ella, pues lo dice con la única motivación de estar mas cerca de mí, también eso me quiere dar, como ves. Pero yo la alcanzo del modo como ha permitido la divina broma, la diabólica broma, la alcanzo cada vez que estalla en su don, y ese don es lo mas grande, y no cuatro líneas mal puestas. O al menos así lo creo, y hacia ahí gusta de mirar mi ojo egoísta, que a duras penas llega a la cita que le alimenta, la de su antípoda.

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