lunes, 2 de marzo de 2015
Los caballitos del Dover (2012)
En una ciudad catalana -Mataró, para mas señas- hay un bar-restaurante llamado Mac Dover, al que, para abreviar, llamamos Dover. Tiene adosada una sala de juego, con ruleta y esas cosas y, en la entrada, un espacio con caballitos, y coches y una moto y un camión de bomberos, para los niños y su disfrute. Desde la terraza cercana se les puede ver llevando a los papás en esa dirección en la que se encontrarán -como quien dice- como en su casa. O mucho me equivoco o los siguientes apuntes, que voy tomando desde que conozco el lugar, van en esa dirección: “Atención niños y niñas, necesito un conductor”.
I
Un punto de vista que me atrae en alto grado es la relajación, la calma: la soberanía de la calma contra toda intranquilidad. “Ante todo, mucha calma”. Con los niños de los caballitos de carnaval que giran al son de la música, el problema se esfuma.
II
Reconocimiento.- Y pienso que entonces construimos la arquitectura del respeto entre nosotros. En el horizonte del encuentro se muestra la alegría en la dureza de la vida que ambos atravesamos: al son de los caballitos, y haciendo por superar el laberinto de las palabras presentes, todo pasa y todo queda, al unísono, como tú ante mí.
III
"El tiempo es un niño que juega a los dados. Del niño es el Reino." Los niños -éstos- no van a los dados (mas o menos casualmente la sala de ruleta esta contigua a su dedicación); les gustan los caballitos. ¿Cuanto tiempo pueden pasarse montados en sus figuras? ¡Cuanto tiempo! ¡Cuanto tiempo, en esos movimientos repetidos esculpidos! ¿Y la adicción? ¿Cómo hablar de la adicción de los infantes, entonces? Como yo, cuando era niño, que me buscaba, me encontraba y me salía de mí dando vueltas sobre mí mismo, alejándome y deteniendo las acciones y el tiempo del exterior, activando el tiempo interno, de la distancia e intimidad internas, propias. Y así tambien ellos, los niños, en el vaivén de los caballitos.
IV
No sé si hoy no oigo, no veo los caballitos, o lo hago de lejos, pues hoy el sol rasga, impregna mi rostro como mi sombra pesa sobre la pirámide, gafas de sol sobre la caricia vacía, receptiva de mis ojos y mi mirar. Ahora sí suenan, al fin… otra vez, al fin; y los niños lo han hecho, otra vez, manteniendo el secreto ante unos padres que no pueden dejar de serlo, creyéndose -ante la esfera dorada- desengañados. Aunque quisieran, el deseo no sería tan grande -no sería tan llamativo el hechizo- como para que no sonara sin cesar esa distante música burlona, en el vértice del otro mundo, en el principio de todo mundo, de todo reino, donde no hay espejo sino de la trasgresión, del límite; cabellos de la disolución, caballos de la espera: infinito del tránsito y de la parada estanca, corceles de las cárceles violadas en un dibujo deshilachado, un cuerpo maltrecho y descompuesto, negado, eliminado. ¿Y yo? No, no hablo a los niños, pero escucho el ahora callado son de los caballitos; esa es mi pregunta inconfesa.
INTERLUDIO
Unos amigos acaban de ser padres, se llama Magalí. Ahora sí, apuesto a un número: ése por el que puedan ser el don de la persona en la infancia, padres y niños ya, como los caballos que dejan atrás el soleado prado, en el viento. Felicidades -en diciembre.
V
Niños en sus carritos o de la mano de sus padres, de todas las razas, al pasar por delante de los caballitos que se les muestran en el Dover, gritan: “¡Papá! ¡Mamá!”, pidiendo reposo, refugio, disfrute. Los padres a veces no acceden -pasan de largo- a meter las monedas del tiempo del desenfreno. Ellos llevan la batuta del tempo de una infancia que podrá realizarse o no. Los niños, ahí, estarán sometidos a una voz que les active y desactive sus impulsos vitales, sus instintos. Pasan unas bellezas: ¿quién activa, y desactiva, a los adultos los suyos?
VI
Los caballitos estaban solos. Una niñita ha volado hacia ellos. Estaban callados, ahi, petrificados, y la niña expectante, anhelante.
Y le he metido la moneda que ella quería, la que ponía en marcha el carrusel. Ella, agradecida; y se ha ido a sus alturas. ¡Nos lanzábamos el beso! o, dicho de otra manera, los ojos satisfechos, perdidos -perdiéndose- y las manos que se encuentran en el dibujo aéreo -saludos que desdibujan el aire-, anulándose la distancia. Y los padres, contentos, se me han presentado encantadores. Y me han entregado su compañía -hemos hablado de lo infantil que, aunque no es fácil, no se ha de dejar perder- en este breve y brillante lapso. Bel y Jordi decían a Gala que me diera las gracias; y yo me adelantaba a obtener mi recompensa de la pitufina: un beso en la mejilla, que fue alado; inocente, fugaz y alado, como el acontecimiento. Bien podían unos pájaros, mientras tanto, conversar melódica y calmadamente entre el follaje de los árboles, aun cuando en invierno sus ramas se postran desnudas.
VII
Una mujer pasa -de largo. Detrás la benjamina, cogida a un carrito, no pasa -de largo. Hace señales a la madre, va hacia los caballitos. La madre -vuelve. No hay dinero, yo lo veo: los rasgos de la estrechez.
La sube a un coche de escuela, a la moto, al siguiente, aún a uno más. Pero sin la moneda - los autos no funcionan, y la niña se ha dado cuenta: lo sabe, comprende. Llora. Yo no llevo ni un duro. La madre -en su fuero interno- se lamenta. Poco antes ha saludado a una conocida que pasaba, no le ha pedido nada. A mí tampoco. Se van, yo cavilando una idea: ser rico, traficar con esclavos - Rimbaud me viene a las mientes- para meter, a estos niños, la moneda: un señor propósito, que dejaré, dejo de lado.
No te saludo, no -me digo cuando, ya lejos del lugar, veo que pasa la cocinera; el otro día le dije “hola” y se me quedo toda callada y mirando. Algo como “Serpiente”, acerté a pensar, a dibujar, entre los rizos de su cabello terrestre.
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