Tratemos de calibrar en qué medida será natural, concernirá a la naturaleza nuestra práctica ética. ¿Se trata con la ética inmunológica de una filosofía de la naturaleza? El cultivo de la contemplación, si no la dedicación absoluta a la vida contemplativa, ciertamente ocupa un lugar fundamental en el tratamiento de los tóxicos a los que deberemos enfrentarnos.
El mundo actual, altamente tecnificado, fácilmente subyuga al individuo, le somete a unas cadenas harto pesadas. En un dialogo anexo a una conferencia, ambos publicados como Serenidad, Heidegger trata la cuestión del modo de habitar el mundo de la técnica, tratando de no ser su esclavo. Paralelamente, su contemporáneo y seguramente amigo Jünger estudia en su obra la cuestión de cómo vivir al margen de las instituciones: en ambos casos encontramos pues la pregunta, la búsqueda de una ética. Y en ambos casos se confronta la libertad individual -la posibilidad de elección es condición sine qua non de la ética; esto es, no ha lugar a la construcción de una ética en el esclavismo, en la sumisión- con un agente de altas posibilidades -alto riesgo- tóxico; en un caso, la técnica, en el otro las instituciones sociopolíticas -y si nos aproximamos podremos ver ambos agentes en sus correspondencias, entrelazamientos, amalgamas. Serenidad y pensar meditativo es la respuesta heideggeriana ante el vértigo del rodillo técnico que sólo fomenta el cálculo, el pensamiento calculador. Tal es el lugar en el que, de modo afín a esta propuesta, puede tener sentido una apuesta por lo contemplativo, asociado al pensar meditativo que Heidegger se lanza a defender; el lugar en que la teoría de la contemplación podría encontrar su actualización, su actualidad, quizás con modo de urgencia. Este giro ya encontró expresión en la ética de los surrealistas, como en su pintura. La visión debe devenir interior, y en su obra Victoria Cirlot relaciona el pensamiento surrealista con los visionarios medievales -en especial Hildegarda von Bingen, a la que ha dedicado una monografía; el tema también lo trata en La visión abierta. Del mito del Grial al surrealismo. De los sentidos interiores o, mejor, espirituales hablaría en el siglo XIII un místico franciscano como San Buenaventura, oponiéndolos a los sentidos corporales, trascendiéndolos. ¿Tienen las mismas motivaciones un místico contemplativo medieval que un artista surrealista de la metrópolis moderna? Quizás hay un salto, pero quizás también hay una continuidad, un continuum en sus éticas respectivas. Y la ética debe cimentarse con el objetivo de habitar favorablemente el medio circundante, de plantar la semilla en los terrenos fértiles y no, en vano, en la esterilidad: plantar cara al enemigo tóxico que esteriliza, que destruye y niega. Si la ética es el sustantivo el verbo es germinar. Y la posibilidad de que crezca la planta depende de la benevolencia de su hábitat, y nosotros somos como plantas que debemos hacernos habitable nuestro medio cuando éste no lo es de por sí, lo que implica la defensa ante el tóxico. Los tóxicos de los que hemos hablado refiriéndonos a Heidegger y Jünger no son naturales, son en toda medida producto de nuestra civilización. Estos autores han hecho de sintomatólogos, han diagnosticado un intruso vírico en sus vidas y en las vidas de sus contemporáneos. ¿Es la serenidad heideggeriana natural? Aquí hay una lucha y cuando dos bandos se oponen han de luchar en el mismo campo de batalla: en tal caso no se trata de la naturaleza, pues lo que tiene que repeler es artificial -repitamos que el tóxico viene de la construcción social que es nuestra civilización, levantada y sustentada día tras día sobre cimientos ideológicos, sobre relaciones de poder. Quizás podamos hablar, como lo hacía W.Benjamin a principios del siglo XX, de una segunda naturaleza. Una filosofía de la naturaleza y una filosofía de la cultura deben encabalgarse, solaparse, emitirse correspondencias. Ya hace tiempo que se habla de pensamiento ecológico: no solo como acorde a la ecología como tratamiento respetuoso con el medio ambiente y su enfoque a nivel político. Entiendo como pensamiento ecológico aquel que ayude al hombre a perseverar en lo propio en sí (idea de la ética spinozista), en su íntima propiedad, a habitarla y construirla; entiendo la necesidad de un pensamiento ecológico en lo ético, más que en lo político, y si no todos debemos dedicarnos a la política, sí que pienso que sería conveniente que todos aprendiéramos la necesidad de forjarnos una ética. Si a estas alturas de la lectura no se encuentran motivos de interés, dignos de consideración, mejor puede dejarlo estar.
La inmunología forma parte de la psicobiología (es psico-neuro-inmunología) y es ésta, asociada a la toxicología (también biológica, bioquímica), la ciencia que utilizamos para forjar la ética por la que estamos apostando. En tal contexto estudiaremos la teoría de las adicciones: trataremos de vislumbrar, y a poder ser hasta cartografiar, el emplazamiento que recibirá una lógica de la adicción dentro de los límites de esta ética. Tenemos pues dos ciencias naturales y un objeto de estudio que si en buena medida se refiere a lo natural (la adicción desde una perspectiva neurobiológica) también puede tratarse desde aspectos altamente ideológicos, entramados esclavizantes altamente tecnificados. En tal sentido no creo que sea desafortunado decir que nos moveríamos en el plano de lo artificial, según la oposición natural-artificial que estamos utilizando y que, a falta de otra mejor y tratándola delicadamente, me parece de cierta utilidad en la línea que tratamos de avanzar. Se puede decir, quizás, que con la díada natural-artificial tenemos dos caras de una moneda, dos esferas de un complejo o mejor dos polos de un mecanismo oscilador, pues vertiginosamente nos hallamos ora en uno ora en el otro polo, hasta llegar a la confusión: tenemos un pensamiento de la naturaleza y un pensamiento de la cultura metamorfoseándose el uno en el otro en frenética y distorsionada danza molecular.
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