lunes, 2 de marzo de 2015
Somos (octubre de 2012)
Despertó de repente. El sueño estaba siendo vivo y desagradable.
Así pues, despertó. Miró a la mujer que tenía a su lado, tendida, en el lecho común. Estaba así, quieta, mucho, muy quieta. Miró su rostro de ojos cerrados. Sintió su belleza cercana, hasta que se percató de algo: la mujer no respiraba. Bajo aquella sábana que le llegaba al mentón nada respiraba, nada se movía. Al fondo, descubiertos, los pies, quietos, no, no se movían tampoco. Y así, súbitamente, sintió algo lejano, de repente. Y cercano, era punzante.
La tocó. El cuerpo, un cuerpo, no se movió más de lo justo. Ella, una mujer, yacía muerta. Era su mujer la que yacía muerta. La que le había acompañado por años, por décadas como a veces sucede, como algunos deciden hacer o hacen el camino. Y eso había sucedido: ella ya no estaba o estaba allí quieta, muy quieta, ida para siempre. Le levantó la mano por la muñeca, la dejó caer; la besó en la mejilla, muy lentamente se fue separando sin dejar de mirar los cerrados ojos, cierre, e incorporándose había puesto los pies en el suelo.
El forense le dijo:-Señor, creemos tener pruebas irrefutables, digamos evidentes, de que la mujer ha muerto por asfixia. Y añadió: -Pruebas de que ha sido estrangulada por usted, querido esposo. -“Somos pareja de hecho”, murmuró para sí, mientras entrega sus muñecas a las esposas de un policía alto, delgado, con un bigotito gracioso, pensó. Y pensó también: ¿Lo he hecho yo? ¿Es eso posible? Estaba momentáneamente perplejo, con un lado de la cara tenso en una mueca petrificada. Le esperaban años de silencio en prisión, con los ojos abiertos pero cerrados, haciendo las tareas como un reloj y -dicen- con buena conducta. Pero eso no iba con él, ella le esperaba, es lo que pensaba, y un buen día (ya fuera con los rayos de sol inundando el patio o con la lluvia torrencial anegando la jaula, todas las jaulas) se decidió a presentarse, así, de repente.
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