lunes, 2 de marzo de 2015
Ensayo de dietética
Caminar. Caminar, caminar, ponerme a caminar. Si es necesario, caminar más. Si no hace buen día, levantarme, ponerme a caminar. Que no te engañen, no sólo caminan el viajero, el turista o el indigente. Caminar en tu ciudad, aunque no sea la tuya, aunque seas un exiliado. Mejor me lo pones, mejor aún: menos motivos para detenerse, y encarar de frente, como ley, el caminar. La fuerza del paseo, no sólo para los jubilados, que también. No para detenerse junto al bebedor, al llegar a la primera esquina, allí donde dicen tratarte como en tu casa; quizás allí te encuentres así. Pero caminar.
Caminar con la mirada, con la vista. Abarcar el horizonte por transitar. Abrir las fauces del desierto, ser tú el desierto. Como el camello pero sin cargas, vacío, con el ojo vacío que contempla y navega; con el ojo vacío que se llena del azul: es así que se llena del azul de la vela al viento y del efecto óptico de ese oasis; se llena el ojo. También el ojo es un oasis, un efecto óptico, pues es causa y efecto, causa y consecuencia, medio y germen del caminar que, ligero, sin cargas, observa y transmuta lo observado, lo encuadrado, lo enfocado, hasta la distorsión del brillo aéreo, estelar. Así empieza el caminar.
"Tú, que vas tan rápido en tu coche", le diría a ése, si no fuese yo aquél entre la prudencia y la cobardía (quizás el perezoso ante la discusión, el perezoso sibarita de los vientos); "tú, estas gordo y ansioso. ¡Camina, no paras de comer!" Y añadiría con sarcasmo: "¡Y te haces llamar gastrónomo, palurdo!" Aliméntate también de la astronomía, de los astros, orbita como ellos. Orbitar: es la búsqueda molecular del equilibrio, la consigna. Ligero, en órbita, en el trapecio, en la cuerda floja del instante que pasa y se aleja. Así pues, caminar.
Como los niños en el juego de la peste alta, caminar sin tocar el suelo, para no ser cazado por el adversario. Caminar sin tocar el suelo, reglas sabias. El intruso tóxico quiere hacerte descender: evitarlo, evitar para levitar. Como un lama, sí, en el yoga occidental del paseo cuando, como en el poema de Kafka, sobran no sólo espuelas y riendas, sobran “el cuello y la cabeza del caballo” también. Pierde peso, no ya por afán de atraer, sino por deseo de pasear. Te verás mejor, con tu ojo, te verás mejor y dice el oráculo que en todo los astros te acompañarán, te ayudarán: a traspasar, a viajar. Sin fronteras, más allá de tu ciudad circular, ya en el extrarradio de lo desconocido, donde germina el ojo, hasta la detención de su expansión en el éxtasis y estasis de un sueño reparador.
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